martes, 20 de agosto de 2013

Los ecos actuales de la “Trilogía de Auschwitz”


Revista Ñ / Diario Clarín
20/08/13

Los ecos actuales de la “Trilogía de Auschwitz”

Especialistas en la obra del mayor testimoniante de los campos de concentración y sobrevivientes de aquella masacre se reunieron a reflexionar sobre la actualidad de la obra de Primo Levi.



Cae la noche en el Museo del Holocausto –en el año de su 20° Aniversario–, y nos disponemos a pensar las reverberaciones actuales de la obra de Primo Levi, junto a un grupo de expertos y sobrevivientes de la Shoá. Nos convoca la reciente edición de la Trilogía de Auschwitz –editorial Océano–, que agrupa en un solo volumen las tres obras capitales del testimonio trágico de Occidente en el siglo XX: Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados, que –sumadas– consagraron a su autor por el contraste entre las experiencias infernales que narran y la limpidez pudorosa de un estilo de escritura.
Además, hoy homenajeamos a la sede elegida para dar lugar a esta charla: el Museo del Holocausto porteño, que desde hace 20 años es una institución paradigmática de la recordación de la masacre europea pensada desde Buenos Aires, la cuarta capital judía –en cantidad– en diáspora, y que suele entrar en diálogo fluido con las tragedias latinoamericanas herederas de los nazis, en particular la dictadura argentina del 76 al 83. El propio Levi definió los alcances y la importancia de hacer un uso narrativo de la vida cotidiana en situación de represión y tortura: “Proporciona documentación para un estudio sereno de algunos aspectos del alma humana”.

Infierno y testimonio
Su suicidio, en 1987, sigue posando el misterio sobre los modos en que un sobreviviente reelabora su paso por el infierno, o la paradoja de que una circunstancia personal o familiar, en su vejez, se impusiera sobre el logro de haber podido superar su paso por el horror de aquel espacio emblemático de la matanza de los millones de judíos de Europa.
Lisa Zajac (sobreviviente del campo Buna) y Jack Fuchs (sobreviviente del campo Dachau, autor de Tiempo de recordar y Dilemas de la memoria) colaboran en la tarea de identificar si hubo progreso, atenuación o sublimación del uso político de la violencia desde aquel Auschwitz a este mundo actual. ¿Se manifiesta nuestro horror en versiones menos dramáticas que las de la Europa de la cuarta y quinta décadas del siglo pasado o, por contrapartida, asistimos meramente a una reorganización atomizada, dispersa, disgregada de la misma segregación y el mismo odio ejercidos por los nazis?
“Les exijo –irrumpe Lisa Zajac–, directamente les exijo, les pido y les exijo ya que ahora la obligación moral es de ustedes (mirándome), cuando nosotros ya no estemos –porque desafortunadamente vamos a desaparecer pronto, los años corren en contra nuestro– que sigan transmitiendo lo que escucharon, aunque sea un poquito y sigan transmitiendo.
-¿Cómo?
-Repitan ese pedacito del poema que da prólogo al libro Si esto es un Hombre que me gustaría leer, ¿puedo?...
“Pensad que esto ha sucedido: os encomiendo estas palabras/ Grabádlas en vuestros corazones/ al estar en casa, al ir por la calle/ al acostaros, al levantaros./ Repetídselas a vuestros hijos./ O que vuestra casa se derrumbe,/ la enfermedad os imposibilite./ Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.” Zajac pone el acento en el valor testimonial que se sigue preservando en el contacto con cada página de Levi, que permite conocer “el ceremonial diario del condenado a muerte”.
Y en congruencia con la descripción que traza Hannah Arendt del criminal de guerra nazi Adolf Eichmann como el eje de un “mal banal” –en Eichmann en Jerusalén– sostenido por la obediencia debida a una burocracia ciega, Primo Levi describe un horror hecho de minucias trascendentes: un zapato que le queda chico, una cama compartida con un extraño...: sensaciones corporales, el dolor físico y espiritual en el minuto que le sigue al despertar, cuando se le anticipa mentalmente el castigo y las privaciones que vendrán durante el día.

Escala trágica
Para Bejla Rubin, doctora en Psicoanálisis y autora de Auschwitz, paradigma del mal del siglo XX: “El mal del campo de concentración y de exterminio sigue vigente hoy cada vez que para alguien no existe esperanza, entendida como fe divina, cuando nadie te va a rescatar, cuando se paga con la vida y se cae en posiciones de no creencia en el otro, en posiciones cínicas”.
Cuando Lisa Zajac retoma la palabra, nos devuelve a la escala trágica, nos silencia. El protocolo internacional en el trato con sobrevivientes indica que no debe haber debate con su palabra, como lo sugirió la Fundación Steven Spielberg cuando les requirió un testimonio a cámara sin hacer intervenir un eje impuesto por el entrevistador, en un vínculo sin condicionamientos ni requisitorias forzadas.
Al sobreviviente –nos confirma Graciela Jinich, directora del Museo del Holocausto– se lo debe dejar hablar, en silencio y sin réplica...
Sigue, entonces, Lisa:
-Todos ustedes que jamás estuvieron en el campo no saben lo que es tener el estómago pegado a la espalda. Ya en el gueto empecé a morir de hambre, dos años de gueto: todavía había un poquito de esperanza porque estábamos todos juntos pensando en que por ahí se terminaba. A mí me libera el Ejército Rojo, y no vayan a creer que quedé libre y que empecé a saltar en una pata diciendo: ‘Soy libre, soy libre’.
No fue así: Lisa y las otras mujeres liberadas eran “algo parecido a seres humanos”, mirándose unas a otras, preguntando: ‘¿Y ahora qué...?’ Había recién cumplido los 18 años, le habían arrancado la adolescencia. “Nunca tuve adolescencia”, repite. Tenía que empezar a luchar, había que entrar en la normalidad “pero eso es muy largo para contar”, esquiva.
Por eso piensa que “quitarse la vida como Primo Levi (el 11 de abril de 1987) es una decisión valiente. Porque no cualquiera puede llegar a ese momento. Seguramente pensó: ahora el mundo se va a conmover, y mentira, nadie siquiera quería escuchar hablar de Auschwitz. Por eso el 95 por ciento de los sobrevivientes se casaron entre sí, porque ¿quién me puede entender más que otro que vivió lo que yo viví?”.
Bejla Rubin dice que ante la misión de analizar la psiquis del sobreviviente, es mejor callarse, y pensar en cómo actualizar esa enseñanza al contexto presente: “Donde no existe la esperanza, no hay Dios que te venga a salvar, no hay nadie que te dé una mano, lo que vos no hagas por vos mismo, nadie lo va a hacer así que dejate de esperar y no te podés equivocar porque si te equivocás no tenés segunda oportunidad, lo pagás con la vida”.
“Pensar en un ‘otro que no existe’ no es una mala palabra, es dejar los pensamientos infantiles e ilusos, diferente de ser un cínico. Un cínico tiene una posición irónica frente a la vida. Pero llegar a la conclusión adulta de que el otro no existe deja en claro que no tengo que vivir de las subvenciones ni perdiendo mi oficio ni de la viveza criolla como se dice, eso no sirve, sin llegar a que si te falta una cucharita no tengas a quién pedírsela. Hoy podés vivir años en el mismo edificio y no sabés quiénes son tus vecinos...”.

Sentido de humanidad
“En realidad –sigue Lisa Zajac– viví dos años y medio en ese infierno, y en realidad no es el infierno; es mucho más que el infierno, no existe una calificación. Como Primo Levi, luchamos contra nosotros mismos para mantenernos humanos, para no perder el sentimiento de humanidad porque ya la gente no pensaba. Era muy difícil luchar contra eso, y él en sus libros repite constantemente su ansia de luchar”.
Hay un pasaje de Si esto es un hombre que la conmovió especialmente, que más de una vez relee, en los momentos más graves: el hambre no era lo terrible.
“Lo que no había que perder –insiste– era el sentimiento de humanidad. Cuando Primo Levi repite un poema de la Divina comedia, por enésima vez el mismo pasaje, lo hace para no perder el sentimiento de humanidad, que era tan difícil de preservar en ese momento. Había que luchar contra eso”.
–Primo Levi no era un cura –agrega Jack Fuchs–, no era filósofo, no era un rabino, nada, era un hombre que sabía escribir, sabía describir qué vivió y eso queda. Tiene más vigencia porque no viene con una ideología, mucho sobreviviente hace de eso una ideología.

Poder autobiográfico
La propia historia de vida se impone sobre cualquier análisis. Fuchs sobrevivió “por casualidad”. Si la guerra hubiese durado dos días más, no hubiese sobrevivido.
“La muerte por hambre es una muerte muy tranquila, no violenta, vos hablabas con la gente y por la mañana ya se habían muerto. Muy difícil. Es una miseria humana, no hay que hacer teoría de eso”, describe.
“Auschwitz nunca fue liberado –sigue–. Fue encontrado; murieron muchos durante las últimas dos semanas, cuando ya no se podían recuperar. A nadie le importó nada de nada, nada, nada. ¿Me entienden? No fue liberado. Fue encontrado. Fueron los rusos cuando bajaron por Polonia para ir a Berlín lo encontraron, pero no fue liberado....”.
La experiencia directa construye una palabra alternativa a la épica de la liberación de los aliados en los manuales de historia... La mirada desgarrada de la víctima es un antídoto contra los mitos tejidos por los vencedores en todas las épocas... La hipocresía del poder político dominante entonces puede ser leída también a la luz de la masacre actual, quizá más fragmentaria, esparcida, pero no menos drástica...
Lo señala el abogado Guillermo Yanco, vicepresidente del Museo del Holocausto, cuando declara: La sola reedición de esta trilogía –dice–en un solo tomo, hoy pone el acento en que está vigente la lección que nos deja el Holocausto nazi. Levi nos está marcando que estamos muy fragmentados, estamos sumamente segmentados, prima la preocupación individual sobre el lugar en que cada uno está y nos falta esta posibilidad que Primo Levi planteó en su momento, pensar la muerte.
Levi también hablaba de la crueldad del “par”, del victimario de la cama de al lado, que le roba, lo delata, que le saca sus cosas. De no poder confiar en nadie. De que estar en un nuevo pabellón era un nuevo infierno sólo porque no se conocía a la gente; no sabía como tratar al jefe de pabellón.
Su prosa sobre estos puntos remite a la polémica denuncia de Arendt, en Eichmann en Jerusalén , sobre la entrega y canje de prisioneros a cargo de los dirigentes judíos comunales a los nazis, a cambio de favores para las familias de sionistas “notables”.

Pensar el tabú
Las denuncias sobre la complicidad de las víctimas con el poder salvaje, el atreverse a pensar las miserias de las víctimas, sus limitaciones, sus sometimientos cotidianos, le debieron a Arendt el apedreamiento de la puerta de su casa neoyorquina cuando se publicaron las primeras entregas de su diario del juicio a Eichmann, y convierten a determinados pasajes de la obra de Levi en momentos incómodos, perturbadoramente vivos a pesar del paso del tiempo.
Estas observaciones van más allá de la denuncia a la represión ejercida desde el poder nazi y cuestionan también los vínculos horizontales entre las víctimas, el porqué no hubo rebelión, el porqué no se impuso la resistencia sobre la opresión...
Se los considera la parte menos explorada de la obra del sobreviviente. El propio Levi explica sus razones, cuando se le pregunta, en el apéndice de esta última edición de Si esto..., por qué creía que no habían existido las rebeliones en masa. El propio Primo Levi escribe:
“Los alemanes habían perfeccionado una estrategia diabólicamente astuta y versátil.
Los recién llegados no sabían qué se les tenía preparado.
Se los recibía con fría eficiencia pero sin brutalidad.
Se los invitaba a desnudarse para la ducha.
A veces se les entregaba una toalla y jabón.
Además, la conciencia arraigada de que no se debe consentir la opresión sino resistir no estaba muy difundida en la Europa nazi y fascista... La voluntad popular de resistir, de organizarse para resistir, resurgió mucho más tarde, gracias a la contribución de los partidos comunistas europeos...”.
-Hay que destacar –contrapone Graciela Jinich– a aquellos que tomaron los modelos de aquellos que salvaron gente y que se arriesgaron para salvarla, y por eso creo que aquí, en el ahora, tomando la época de la dictadura por ejemplo, también hubo gente que en los momentos más terribles reivindicó la figura del par que cuida a la gente y que por su propia creencia, por su propia ética y por su esperanza, ayudó a seguir viviendo.
Adhiero a lo que dice Graciela –se suma Guillermo Yanco– de alguna manera, más allá del suceso trágico, aquéllos son una muestra de esperanza, de que se puede vivir, de que se puede pensar, de que hay presencia y de que hay vida. Esa es la esperanza de nuestra vida.

Los ecos actuales de la “Trilogía de Auschwitz”