martes, 19 de noviembre de 2019

domingo, 17 de noviembre de 2019

sábado, 16 de noviembre de 2019

“Ser feliz no consiste en sonreír siempre y pensar en positivo”. Laurie Santos


Desde que el hombre la búsqueda de la felicidad ha sido el denominador común entre culturas y civilizaciones. Sin embargo, cada vez parece más difícil ser feliz.

En este vídeo, la profesora de Psicología Laurie Santos desmitifica falsas creencias y modas sobre el bienestar emocional y descubre qué hacen realmente las "personas felices".

La psicóloga Laurie Santos es directora del Laboratorio de Cognición Comparativa de Yale y del Laboratorio de Cognición Canina de Yale, donde participa en estudios científicos sobre bienestar emocional, psicología positiva y comportamiento. Afirma que “la cultura del yo” no nos ha hecho más felices, sino que nos ha alejado de ese objetivo.

Compararnos con los demás, no ser objetivos al valorar lo que tenemos y perder valores tradicionales que sí tenían nuestros antecesores nos hace más infelices que ellos. Sin embargo, no todo está perdido. “Reconociendo que vivimos bien y que necesitamos únicamente cambiar actitudes, podemos obtener esa felicidad y esa resiliencia necesarias para resolver nuestros problemas. Una receta universal para encontrar la felicidad se resumiría en tomar tiempo para pensar en los demás y en el aquí y el ahora, añadir un poco de ejercicio y horas de sueño”, concluye la experta.

Hector Berlioz, Sinfonía Fantástica Op. 14, en la versión de la Orquesta Sinfónica de Detroit, dirigida por Leonard Slatkin.


A continuación, de Hector Berlioz, la Sinfonía Fantástica Op. 14, en la versión de la Orquesta Sinfónica de Detroit, dirigida por Leonard Slatkin.


domingo, 10 de noviembre de 2019

Shalom - El rab. Brener: judaismo con múltiples acentos

                       

   
   

       
       
       
       
            El rab. Brener: judaismo con múltiples acentos




sábado, 9 de noviembre de 2019

La noche de los Cristales Rotos: la masacre que marcó el comienzo del horror nazi en Alemania

El Diario Infobae, en su edición digital, publicó este artículo firmado por Matías Bauso.

La noche de los Cristales Rotos: la masacre que

marcó el comienzo del horror nazi en Alemania

Las hordas nazis asesinaron 91 judíos en las calles. No fue todo, hubo 30 mil deportados a los campos de concentración, se destruyeron 7.500 locales y se incendiaron 1.500 sinagogas. Ocurrió entre el 9 y 10 de noviembre de 1938. Y dejó grabado a fuego el inicio del Holocausto
Los virdios rotos de un negocio judío en Berlín, Alemania. En total se destrozaron 7.500 locales judíos (Granger/Shutterstock)
Los virdios rotos de un negocio judío en Berlín, Alemania. En total se destrozaron 7.500 locales judíos (Granger/Shutterstock)
La mañana del 10 de noviembre de 1938, las calles de muchos barrios alemanes estaban desoladas. Los pocos que se animaban a caminar por ahí, soportando el frío intenso, producían un raro sonido, un sonido inusual en medio de un silencio desesperante. Cada paso generaba un crujido leve. En el piso, una alfombra casi perfecta de pequeños fragmentos de vidrios rotos. En el medio, algún abrigo olvidado, alguna gorra que se había caído en una huída desesperada.
Por todos lados rastros de sangre oscura, espesa, que regaba el suelo y algunas paredes y teñía los cristales deshechos.
Un niño abandonado con los ojos perdidos, un viejo llorando, alguien que recoge del suelo un objeto y sale corriendo. Y casi nadie más.
La noche anterior, la del 9 de noviembre no fue una noche como cualquier otra. Para muchos (muchísimos) fue la peor noche de su vida. Pasaría a la historia como La Noche de los Cristales Rotos (Kristallnacht). Las hordas habían destruido todo a su paso.
Persecución, daño y muerte. Las estadísticas hablan de al menos 91 muertos, 30 mil judíos deportados a los campos de concentración, 7.500 locales comerciales destruidos, 1500 sinagogas incendiadas, casi la totalidad de las existentes en Alemania.
Esa noche no fue el comienzo de la barbarie, que había tenido inicio al menos un lustro antes. Persecuciones, segregación y maltratos permanentes para los judíos. Sin embargo, el 9 de noviembre se produce un quiebre evidente, se cruza una frontera, se logra superar un nivel más en la escala de la abyección.
El fuego en 1.500 sinagogas. Los bomberos intentaron detener las llamas que llegaban hasta las casas vecinas (Granger/Shutterstock)
El fuego en 1.500 sinagogas. Los bomberos intentaron detener las llamas que llegaban hasta las casas vecinas (Granger/Shutterstock)

La tarde anterior, el 8 de noviembre de 1938, en París había ocurrido un hecho que sirvió al régimen nazi de perfecta excusa para continuar la caza iniciada años antes y que concluiría con la Solución Final.
Un joven de 17 años había ingresado a la embajada alemana en París, había pedido hablar con algún funcionario y cuando fue llevado ante él, con pulso firme, sacó un arma de entre sus ropas y disparó. Tres veces. Ernst von Rath, tercer secretario de la embajada, cayó al suelo. La agonía fue breve. Herschel Grynszpan, el asesino de 17 años, se quedo inmóvil en la oficina, esperando sin resistir el inminente arresto.
Sereno, explicó que quería vengar la desgracia de 17 mil judíos polacos que ese mes habían sido deportados de Alemania hacia Polonia pero a los que le impidieron cruzar la fronteraCasi toda su familia se encontraba allí.
Los 17 mil estuvieron hacinados en la frontera un largo tiempo, en esa especie de limbo, de antesala infernal, repleto de carencias y hambre. Alemania se desentendió de ellos, los rechazó. Muchos murieron allí, el resto fue llevado a campos de concentración.
Al día siguiente de este asesinato, el gobierno alemán publicó una serie de medidas punitivas. Así las llamó. No se trataba de otra cosa que de una feroz represalia hacia los judíos. Se prohibió la circulación de cualquier publicación de la comunidad judía: diarios, revistas y hasta boletines barriales fueron censurados; también se aplicaron sanciones económicas.
Las vidrieras y ventanales de los comercios judíos (muchos de los cuales habían sido marcados previamente) fueron destrozados con palos y piedrazos. Las mercaderías y muebles de esos locales fue destruida o saqueada. Era una ola humana feroz y malvada que avanzaba, ciega, por las calles buscando víctimas desaforadamente (Granger/Shutterstock)
Las vidrieras y ventanales de los comercios judíos (muchos de los cuales habían sido marcados previamente) fueron destrozados con palos y piedrazos. Las mercaderías y muebles de esos locales fue destruida o saqueada. Era una ola humana feroz y malvada que avanzaba, ciega, por las calles buscando víctimas desaforadamente (Granger/Shutterstock)

Pero lo más grave que sucedió esa tarde fue el discurso que dio Joseph Goebbels ante una multitud en un acto por la celebración de una de las tantas efemérides que los nazis elegían celebrar. El nivel de antisemitismo y violencia del mensaje fue brutal (aún para los parámetros nazis).
Cuando oscureció, luego de que las familias hubieran terminado su cena, mientras varios ya se encontraban en la cama, ruidos violentos se empezaron a escuchar en las calles. Al principio todo era confusión, todo sucedía imprecisamente. Algún golpe, gritos, vidrios rotos, alaridos de dolor, el galopar furioso de la multitud. El aullido rumoroso de la masa fue creciendo. Todo era destrucción y violencia.
Las vidrieras y ventanales de los comercios judíos (muchos de los cuales habían sido marcados previamente) fueron destrozados con palos y piedrazos. Las mercaderías y muebles de esos locales fue destruida o saqueada. Era una ola humana feroz y malvada que avanzaba, ciega, por las calles buscando víctimas desaforadamente.
Los que se refugiaron en sus casas no estuvieron a salvo tampoco. Nunca falta quien señale o delate al que se esconde, al que intente huir del malón. El contagio del horror. Las viviendas también fueron destruidas. Quienes intentaban defender sus pertenencias o la integridad de su familia eran linchados. Golpes, patadas, saltos sobre su cuerpo inerte.
El blanco más fácil fueron las sinagogas. Casi no quedó una intacta en todo el suelo alemán. Ardieron bajo el fuego. Tampoco se salvaron algunos alemanes no judíos, a los que el ataque encontró imprevistamente en la calle. Fueron atacados porque parecían judíos. Ante la duda era preferible no dejar escapar a la presa, razonaba la horda.
Todo ocurrió entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938; asesinaron 91 judíos en las calles e incendiaron la sinagogas (Granger/Shutterstock)
Todo ocurrió entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938; asesinaron 91 judíos en las calles e incendiaron la sinagogas (Granger/Shutterstock)

Una vez que eran desalojadas de sus comercios o de sus hogares los judíos eran arriados hacia camiones en los que serían deportados a diferentes campos de concentración.
Estos linchamientos masivos, estos ataques grupales con destrucción de bienes dirigidos hacia un grupo étnico o religioso (muchas veces sufridos por los judíos) eran conocidos como Pogroms.
El gobierno alemán, a la mañana siguiente, trató de despegarse de los ataques. Sin condenarlos quiso instalar la versión que todo había sido fruto de la indignación espontánea producida por aquel asesinato en París del día anterior. Lo cierto es que estos Pogroms estuvieron perfectamente orquestados y premeditados por las SA, milicias del partido nacionalista alemán. Sin embargo, se debe resaltar que la participación de los ciudadanos alemanes, que se sumaron con fruición al ataque, fue espontánea y masiva.
Alemania tenía un largo historial de antisemitismo. Sin embargo, hasta los inicios de la década del 20 los judíos estaban integrados a su sociedad. Triunfaban en sus profesiones y negocios, muchos combatieron en la Primera Guerra Mundial. Luego comenzó el rechazo cada vez más impúdico y sin freno. Hubo varios Pogroms en esa década y con la llegada nazi al poder todo empeoró de manera dramática. Boicots a comercios judíos, leyes raciales, políticas antisemitas, actos de segregación explícita, persecuciones y varios Pogroms más.
Es por ello que no se puede sostener que La Noche de los Cristales Rotos inició las persecucionesEl clima ya estaba instalado. Es por eso, también, que participaron tantos civiles alemanes esa fatídica noche. Pero a partir de esa noche, a pesar que muchos de los 30 mil, fueron liberados en los meses siguientes, la suerte estaba echada y los límites se irían corriendo hasta alcanzar la inhumanidad.
El día después algunos medios se refirieron a la
El día después algunos medios se refirieron a la "orgía de violencia de las juventudes hitlerianas" o lo describieron como "la página más negra del Tercer Reich" (a ese libro, el de la barbarie nazi, le faltaban todavía muchas páginas). En cambio en Italia, La Stampa, siguiendo las ideas fascistas de Mussolini habló de "reacciones espontáneas, legítimas e incontrolables del pueblo alemán como respuesta al atentado judío"(Granger/Shutterstock)

La repercusión internacional no fue tan contundente como podría esperarse. Todavía había esperanzas de evitar las confrontaciones. Dominaba el miedo y la cautela. El Times de Londres avisó lo que podía suceder en la edición de la mañana de ese día: "Más de 400 mil judíos esperan con temor la llegada de la noche, esperan otro ataque a su raza". Lo que indica que no se trataba del primer ataque ni que no hubiera había movimientos preparatorios de los cuales hasta la prensa extranjera estaba avisada.
El día después algunos medios se refirieron a la "orgía de violencia de las juventudes hitlerianas" o lo describieron como "la página más negra del Tercer Reich" (a ese libro, el de la barbarie nazi, le faltaban todavía muchas páginas). En cambio en Italia, La Stampa, siguiendo las ideas fascistas de Mussolini habló de "reacciones espontáneas, legítimas e incontrolables del pueblo alemán como respuesta al atentado judío".
Las consecuencias inmediatas fueron devastadoras. Al día siguiente una multitud de civiles alemanes (se calcula que asistieron más de cien mil) se reunió en Nuremberg a celebrar los destrozos; el gobierno alemán impuso una multa millonaria a los ciudadanos judíos y sus organizaciones para que compensen los daños producidos, los niños judíos fueron expulsados de las escuelas públicas y se libraron leyes y decretos cercenando aún más sus libertades laborales y civiles. Ya no había lugar para los judíos en la sociedad alemana.
Las consecuencias inmediatas fueron devastadoras. Al día siguiente una multitud de civiles alemanes (se calcula que asistieron más de cien mil) se reunió en Nuremberg a celebrar los destrozos; el gobierno alemán impuso una multa millonaria a los ciudadanos judíos y sus organizaciones para que compensen los daños producidos, los niños judíos fueron expulsados de las escuelas públicas y se libraron leyes y decretos cercenando aún más sus libertades laborales y civiles (Granger/Shutterstock)
Las consecuencias inmediatas fueron devastadoras. Al día siguiente una multitud de civiles alemanes (se calcula que asistieron más de cien mil) se reunió en Nuremberg a celebrar los destrozos; el gobierno alemán impuso una multa millonaria a los ciudadanos judíos y sus organizaciones para que compensen los daños producidos, los niños judíos fueron expulsados de las escuelas públicas y se libraron leyes y decretos cercenando aún más sus libertades laborales y civiles (Granger/Shutterstock)

Esa noche de violencia desenfrenada permitió, también, que las acciones contra los judíos fueron más agresivas y desembozadas. Mientras un grupo de jerarcas nazis propiciaba que los hechos discriminatorios y violentos fueran los más acotados y discretos posibles para no avivar la queja internacional ni predisponer mal a los alemanes, otro grupo, numeroso, abogaba por medidas drásticas e impiadosas.
Luego de La Noche de los Cristales Rotos se impusieron los segundos. Dado que las actividades delictivas y homicidas habían sido públicas y masivas, y habían tenido el apoyo de buena parte de la población, no veían por qué debían morigerar su modus operandi. A partir de ese momento recrudecería el antisemitismo.
Otro aspecto que cargó de valor y les aseguró la impunidad fue la tibia y escasa reacción internacional ante los hechos de barbarie. La Noche de los Cristales Rotos fue un gran punto de inflexión. Fue el momento en que las víctimas comprendieron que todo sería peor y en que los victimarios descubrieron que, durante muchos años, la impunidad estaría de su lado.
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Hector Berlioz, la Sinfonía Fantástica Op. 14, en la versión de la Orquesta Sinfónica de la NHK, dirigida por Herbert Blomstedt.


A continuación, de Hector Berlioz, la Sinfonía Fantástica Op. 14, en la versión de la Orquesta Sinfónica de la NHK, dirigida por Herbert Blomstedt.


viernes, 8 de noviembre de 2019

"Nuestros hijos son nuestros espejos, nuestros maestros". Pilar Jericó



Ayudarnos a identificar y conquistar la emoción del miedo es uno de los grandes objetivos de Pilar Jericó, “igual que nacemos con creatividad, nacemos con miedo”. En este vídeo, la escritora propone la educación, la cultura y los refuerzos positivos como algunas de las herramientas más destacadas para aprender a gestionar nuestros miedos innatos.  

Pilar hace hincapié en títulos como ‘No Miedo’, ‘Poderosamente frágiles’, ‘¿Y si realmente pudiéramos?’, en la educación y la confianza como el mejor antídoto para enfrentarnos a nuestras incertidumbres cotidianas, y de esta manera, aprender a educar en el “no miedo” a nuestros hijos: “Ellos son nuestros espejos, nuestros maestros, y nos muestran las dificultades”.

“Mi abuelo, un asesino que nunca fue condenado”: la investigación y la vergüenza de la nieta de un genocida nazi

El Diario Infobae, en su edición digital, publicó este artículo firmado por Milton Del Moral.

“Mi abuelo, un asesino que nunca fue

condenado”: la investigación y la vergüenza

de la nieta de un genocida nazi

Es la primera vez que Jacqueline Gies habla con la prensa. En el Museo de Ana Frank en Argentina, contó la verdad de Robert Gies, su abuelo, que murió en 1974 sin haber sido condenado por los crímenes de lesa humanidad que cometió durante la Segunda Guerra Mundial. “Tengo un sentimiento de culpa por ser su nieta”, reconoció
Jacqueline Gies es la nieta de Robert Gies, un genocida que orquestó la
Jacqueline Gies es la nieta de Robert Gies, un genocida que orquestó la "masacre de Lídice", la matanza de un poblado durante la ocupación nazi en Checoslovaquia que arrasó una comunidad y terminó con la vida de 192 personas (Adrián Escandar)
Tardó 16 segundos en responder. Desde que la traductora entonó el signo de interrogación final hasta que contestó pasaron también una respiración profunda, una risa incómoda, un esbozo por hablar y dos silencios prolongados. En el letargo cayó también una bolita amarilla del árbol del fondo del Museo de Ana Frank del barrio porteño de Belgrano. Golpeó -y sonó- en la mesa de plástico y en los papeles que resumen la historia de una mujer alta, alemana, de ojos profundos y 52 años de edad. Mientras pensaba qué preguntarle a su abuelo si lo tuviera enfrente miraba hacia arriba.
“Mi primera pregunta hubiera sido, creo, ¿cómo fue posible para vos después de haber cometido todos esos crímenes seguir viviendo sin pagar por ello, sin hacerte cargo de nada?”. Jacqueline Gies nunca habló con su abuelo: su primer diálogo sería una suerte de inquisición. Escribió un boceto de su testimonio que tituló Mi abuelo, un asesino que nunca fue condenadoEn Alemania ningún medio la entrevistó. En Argentina, venció la vergüenza, para contar por primera vez su historia ante los medios.
En su primera visita al país, recibió a los medios en el Museo de Ana Frank en el barrio de Belgrano.
En su primera visita al país, recibió a los medios en el Museo de Ana Frank en el barrio de Belgrano. "Estoy profundamente conmovida porque aquí en Argentina exista un interés más grande que el que hay en Alemania", comparó

Jacqueline es una investigadora de su propio linaje. Cuando el año pasado murió su padre, heredó la misión de denunciar públicamente quién fue su abuelo. Asumió la tarea de fomentar la llama de la verdad y la memoria: “No puedo vengar estos crímenes. No puedo liberar a mi padre de los fantasmas que lo atormentaban. Pero puedo mantener viva la memoria y revelar la verdad sobre los crímenes cometidos por mi abuelo. Estos han estado encubiertos por mucho tiempo y nunca han sido condenados”.
Robert Gies fue su abuelo. Hoy significa para ella un sentimiento de vergüenza, deshonor y odio. Murió en 1974, cuando ella tenía apenas siete años. Había nacido en Colonia, Alemania, en 1902. Se recibió de abogado, se afilió tempranamente al servicio administrativo superior. Con el ascenso de Adolf Hitler se unió al partido Nacional Socialista Obrero Alemán, conformó el cuerpo de protección Schutzstaffel, fue un fiel SS, sirvió en el Servicio de Inteligencia bajo la dirección de Reinhard Heydrich -líder de la Gestapo y arquitecto del Holocausto- y como asesor personal de Karl Hermann Frank -general de la Waffen SS y de la policía alemana en el Protectorado de Bohemia y Moravia, la Checoslovaquia ocupada por el Tercer Reich.
En su reflexión más contemplativa, Jacqueline se permitió indagar en el espíritu más primitivo de su abuelo: “En el fondo, pienso que él solo quería hacer su carrera. Se filiación al Partido Nacional Socialista, su cargo en las SS, su trabajo en el Servicio de Inteligencia... lo que intentó siempre fue construir una carrera sin miramientos, sin tener en cuenta a nada ni a nadie a su alrededor”. Es la única visión con sesgo especulativa de su reseña. El resto de su testimonio es narrado con genuino dolor, pudor y culpa.
"Él tuvo la posibilidad de hacerse cargo de su responsabilidad y mostrar remordimiento, pero no lo hizo. Por eso me resulta muy difícil imaginármelo arrepentido. Hay crímenes, como los que cometió mi abuelo, para los cuales no hay perdón", dijo su nieta

El 1º de septiembre de 1939, con la invasión de las fuerzas nazis a Polonia, se decretó el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Ese mismo año, Robert Gies se mudó con su esposa Hilde y sus hijos Hedda y Robert, padre de Jacqueline, a Praga. Las tropas del régimen también habían invadido Checoslovaquia. Él era asesor personal de Karl Hermann Frank, quien orquestaba todo el aparato de represión del protectorado. La ocupación había sido mansa, pacífica, sobre todo en comparación con Varsovia, donde germinaban focos de resistencia y sublevación.
La historia de la familia Gies -la de Robert, la de su hijo y la de su nieta- cambió el 27 de mayo de 1942. Tres comandos del ejército checo exiliado en Londres montaron la “operación Antropoide”: el plan de asesinar al gobernador “Reichsprotektor” del país, el general Reinhard Heydrich, segundo jefe de las SS. Se infiltraron en territorio ocupado, estudiaron los movimientos de su presa y se apostaron en las sobras de la calle Kirchmayerova, por donde todos los días Heydrich viajaba desde Praga al Castillo de Hradcany. El magnicidio se completó el 4 de julio a las cuatro y media de la madrugada, cuando el “carnicero de Praga”, “la Bestia Rubia” o “la Sombra de la Muerte” falleció por una septicemia en el Hospital Bulovka como consecuencia de la esquirla de una granada.
Cinco mil efectivos de las SS, la Gestapo y la policía local se trasladaron a Praga por orden del Führer para aplacar el brote de alzamiento y perseguir a los responsables del atentado.
“Con el asesinato de Heydrich -relató Jacqueline-, Karl Hermann Frank fue ascendido a ministro de Estado y se convirtió en la persona más poderosa del protectorado. Como su confidente más cercano, mi abuelo fue nombrado Jefe de la Oficina del ministro”.
El sargento del ejército checoslovaco Karel Curda, seducido por la oferta nazi, develó las posiciones del comando. El traidor, juzgado por su papel en el atentado, murió en la horca el 29 de abril de 1947 sin haber cobrado la recompensa. Una tropa de 800 oficiales establecieron un cordón alrededor de la Iglesia de San Cirilio y San Metodio, donde se escondía el grupo de siete comandos de la resistencia. Su suerte estaba echada. Entre sus pertenencias, hallaron una carta que el paracaidista Josef Horak le había dedicado a su familia. En ella, nombraba el pueblo Lídice, una comarca rural al noroeste de Praga. Sin rigor, sin una asociación declarada y por mera interpretación, se fue fraguando lentamente una conspiración que atribuía la coparticipación de la comunidad en la resistencia checa.
Una imagen de la
Una imagen de la "masacre de Lídice". Todos los varones mayores de 16 años fueron aniquilados. Sobre el margen derecho de la imagen, los colchones que pusieron los oficiales nazis para que las balas no rebotaran. Los hombres fueron asesinados, las mujeres deportadas a un campo de concentración, muchos niños trasladados a un campo de exterminio y otros enviados a ser reeducados por familias alemanas

En Lídice vivían 483 personas: 192 hombres, 196 mujeres y 95 niños. Los efectivos de las SS llegaron la madrugada del 10 de junio de 1942 con una misiva: “Führerbefehl: Lidz wird mit derm Erdboden gleichgemacht und die Bevölkerung erchossen”. La traducción: “Orden del Führer. Lídice será arrasado hasta el suelo y la población masculina fusilada”. Los varones mayores de 16 años fueron fusilados delante de un muro protegido por colchones, simplemente para que las balas no rebotaran. Primero asistían en grupos de cinco. Pero se hacía lenta la masacre. Duplicaron la cantidad para hacer un fusilamiento más práctico. Las mujeres fueron deportadas al campo de concentración de Ravensbrück. Solo doce niños -los más “calificados”- sobrevivieron: 83 fueron trasladados al campo de exterminio de Chelmno; el resto fue reeducado en familias e instituciones alemanas.
Jacqueline escribió: “Todas estas atrocidades estaban bajo la responsabilidad de mi abuelo. No sólo las autoriza y ordena, sino que también las concibe. Miles de personas fueron condenadas a muerte, deportadas a campos de concentración, torturadas y asesinadas por sus acciones realizadas en Praga”. Finalizada la guerra, su abuelo se escondió en un monasterio y se hizo llamar Peter Corres. Para su padre, él estaba muerto. Eso le había dicho su abuela. Años después, a través de un sacerdote, se enteraron que vivía en Colonia y que administraba un Centro Juvenil Caritas con su nombre verdadero.
Robert Gies padre y Robert Gies hijo se encuentran en 1952. Sus curiosidades le fueron respondidas con evasivas. No le dio información precisa de su participación en la ocupación nazi de Praga. “Mi padre tenía seis años cuando sus padres se divorciaron. No tiene demasiados recuerdos concretos de su infancia. Pero sí se acuerda que era una persona autoritaria, arrogante y de ninguna manera actuaba como un padre afectuoso”, precisó ella, en diálogo con Infobae. En sus investigaciones, activó la memoria de su padre al encontrar imágenes de su padre con el uniforme de las SS.
Robert Gies junto a sus hijos Robert, padre de Jacqueline, y Hedda.
Robert Gies junto a sus hijos Robert, padre de Jacqueline, y Hedda. "La relación entre mi padre y mi abuelo era muy mala, de modo que yo nunca tuve contacto con él", relató

Él le contó, por ejemplo, que vio Blancanieves en un cine abierto solo para su familia, cuando la película de Walt Disney estuvo prohibida durante el Tercer Reich. Y también le mencionó un episodio traumático en un viaje al campo. Él y su hermana recogían zanahorias de una granja vecina cuando, al verlos, el granjero dueño de la finca los insultó y le echó. Su padre recordó haber escuchado tiros en la casa del granjero poco tiempo después.
“Mi abuelo nunca le dio una respuesta sincera a mi padre cuando él le preguntaba lo que había hecho en Praga. Siempre respondía con evasivas o cuestiones muy generales, decía que sus actividades habían tenido que ver con asuntos culturales. En los juicios que tuvo en Alemania y de los cuales fue absuelto, no dijo la verdad y siempre mintió. Por eso puedo estar segura de que mi abuelo siempre negó lo que hizo y hasta creo que él consideró que lo que hizo estaba bien, era lo correcto”, expresó la nieta del genocida nazi.
En efecto, en 1963, Robert Gies es acusado formalmente por la matanza de ciudadanos checos conocida como la “masacre de Lídice”. El estado de Checoslovaquia lo demanda pero un año después queda absuelto. Trabajaba en una institución gubernamental y solía enfrentar manifestaciones públicas frente a su oficina. Murió en 1974, a los 72 años, en libertad, sin remordimiento, sin haberle confesado a sus hijos lo que había hecho.
"Él nunca tuvo que pagar por sus crímenes. Murió en 1974 sin haber sido llevado ante la justicia por sus actos", lamentó su nieta en un escrito en el que denuncia públicamente la historia de su abuelo

Robert Gies hijo lo supo recién en 1997 y de manera azarosa. Leyó su nombre -el mismo que el de su padre- en un artículo periodístico del Berliner Zeitung que abordaba la suerte de los niños de Lídice. Entabló contacto con los dos historiadores autores de la nota y ratificó sus sospechas: su padre había sido responsable de la muerte de miles de personas. “Durante este tiempo me acerqué mucho a mi padre. Frecuentemente debatíamos el tema y lo ayudé a investigarlo. De repente entendí por qué siempre tuve problemas con él desde mi primera infancia. Siempre fue inabordable. Finalmente entendí los fantasmas que lo habían atormentado durante tantos años”, apuntó.
“La relación entre mi padre y mi abuelo era muy mala, de modo que yo nunca tuve contacto con él. Es mucho más simple para mí investigar esta historia, escribirla y contarla justamente porque no tuve ningún vínculo con mi abuelo. Sería mucho más difícil hacer ésto si yo hubiese tenido un trato cercano, amoroso o afectivo con él”, sostuvo Jacqueline. Su padre nunca viajó a Praga por miedo a ser condenado como hijo de un criminal de guerra: su nombre lo delataba. También le negó a su hija una excursión escolar a la capital checa por temor a represalias. Jacqueline se casó hace dos años. Tuvo la oportunidad de cambiar su apellido, pero decidió no hacerlo. “Mi abuelo es parte de mi historia”, sentenció.
Una historia de la que brota una sensación de rechazo. “Tengo sentimiento de culpa doble: por ser su nieta, por el hecho de que él forma parte de mi historia, y por alemanaPero el sentimiento más fuerte que me suscita es la vergüenza, vergüenza por lo que hizo, pero a la vez lo siento como mi misión, algo que heredé de mi padre, hablar sobre los hechos, sobre los crímenes, sobretodo porque durante mi abuelo estuvo vivo no se habló del tema y él no fue condenado. Por eso es muy importante que yo los haga público”.
Jacqueline tomó el legado de su padre. En Alemania dio conferencias ante jóvenes, y como no tiene hijos, desea que ellos tomen la posta de la verdadera historia de Robert Gies
Jacqueline tomó el legado de su padre. En Alemania dio conferencias ante jóvenes, y como no tiene hijos, desea que ellos tomen la posta de la verdadera historia de Robert Gies

En 2012, Jacqueline visitó el sitio conmemorativo de Ravensbrück en honor al 70 aniversario de la destrucción de Lídice. En ese marco, se levantó un memorial conmemorativo para las 196 mujeres deportadas. Había sobrevivientes, familiares y descendientes de las víctimas. Estaba ella, nieta del arquitecto de la masacre. No se animó a decir quién era: “Tuve sentimientos encontrados. Por un lado me cuestionaba qué tenía que ver todo eso conmigo y me respondía que tiene mucho que ver porque es la historia de mi familia. Por otro lado lado me preguntaba en qué medida era lícito que yo, como nieta de un perpetrador, pidiera perdón por crímenes que no pueden ser perdonados”.
Pudo manifestarse en el libro de visitas del sitio conmemorativo y admitir, con absoluta vergüenza, ser la hija del hijo del “Standartenführer Dr. Robert Gies”, artífice de la masacre. Sueña algún día tener la valentía de enfrentar la situación de sentarse ante ellos. “No sé qué les diría. Lo tendría que sentir en el momento. No lo podría premeditar. Siento la necesidad de expresar, de manifestar esa vergüenza y a la vez de plantear la pregunta de cómo se puede hacer para narrar esa historia de manera compartida y para transmitirla para que algo así nunca más vuelva a suceder”. Porque el objeto es ese: denunciar públicamente una atrocidad para que no vuelve a suceder. Nunca más.
Fotos: Adrián Escandar
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Una familia judía se reencuentra con su salvadora en el Holocausto

El Diario El Mundo de España, en su edición digital, publicó este artículo

ISRAEL

Una familia judía se reencuentra con su salvadora en el Holocausto


Melpomeni Dina, en el centro saluda a Sarah Yanai y a su hermano, en Jerusalén. EMMANUEL DUNAND AFP
Fue un abrazo cargado de historia y emotividad. Sarah Yanai es superviviente del Holocausto, Melpomeni Dina fue su salvadora. Ambas se reencontraron ayer en Jerusalén para conocer a los casi 40 descendientes de aquella familia que Dina ocultó de los nazis.
"Escuché historias sobre ella durante muchísimos años, lo que su familia hizo por mi papá (Yossi) y su familia. Era como una leyenda, y de repente es de carne y hueso, es una persona real y me emociona mucho verla aquí", declaró Rafeket Dor, sobrina de Yanai, al conocer a Dina.
Sarah, su madre Mari y sus cuatro hermanos, entre ellos Yossi, fueron ocultados por Melpomeni y sus hermanas en su casa en la ciudad griega de Veria, donde permanecieron varios meses a finales de la II Guerra Mundial hasta que lograron escapar.
Hoy, en el Centro Internacional para la Memoria del Holocausto en Jerusalén, Yad Vashem, se reencontraron y Sarah, junto a su hermano Yossi, presentaron a Melpomeni, de 92 años, a sus casi 40 hijos y nietos, quienes saludaron personalmente a una de las principales responsables de que su familia no fuera capturada por los nazis.
"Es una emoción enorme recibirla en Israel y que pueda conocer a nuestras familias", expresó Sarah, visiblemente emocionada, y sentada junto a su salvadora, con quien lloró durante varios minutos.

Melpomeni saluda a los descendientes de la familia judía a la que salvó.
"Ella salvó a toda mi familia y ahora puede ver a la gran familia que construimos, gracias a que nos salvó. Es tan increíble lo que hizo, corrió un peligro inimaginable al ocultarnos", agregó Yanai, de 86 años, sobre Melpomeni.

"HAY QUE ENSEÑAR AL PUEBLO A HACER EL BIEN"

Melpomeni, que viajó especialmente desde Grecia para conocer a las familias de Sarah y Yossi, no pudo contener las lágrimas cuando los nietos más pequeños se acercaron a abrazarla y le dieron un beso en la mejilla.
"Estoy muy feliz de verlos a todos ustedes y con buena salud", dijo y remarcó que "hay que enseñar al pueblo a hacer el bien, porque cuando uno hace algo bueno, lo volverá a recibir en algún momento de su vida".
El vínculo entre Melpomeni y Yossi y Sarah surgió durante la guerra gracias a la relación entre la madre de estos últimos, Mari, y una joven llamada Efthimia, a quien esta había enseñado costura de forma gratuita, ya que la aprendiz no tenía padres y apenas tenía dinero.
Tras haber pasado un tiempo encerrados en el ático de otra familia, Efthimia ofreció a Mari y sus cinco hijos que se ocultaran en su casa, donde vivieron durante varios meses junto a sus hermanas menores, Bithleem y Melpomeni, quien hoy recuerda a Sarah cómo jugaban juntas y se dividían el poco pan que tenían para comer.
Tanto Melpomeni como sus hermanas fueron reconocidas como Justos entre las Naciones, un reconocimiento que otorgan Israel y Yad Vashem a aquellos no judíos que salvaron a judíos durante el Holocausto. Sus nombres están grabados en el Muro de Honor en el Jardín de los Justos entre las Naciones en Yad Vashem.