sábado, 20 de agosto de 2011

El legado de Juan XXIII




Un sol enrojecido descendía sobre las aguas que bañaban las resplandecientes costas de Estambul. 

Sobre un mirador elevado, no distante del palacio Topkapi, un hombre de complexión robusta parecía fascinado con la maravilla del crepúsculo. Pero en su corazón no había placer, sino angustia. Entrecerraba los ojos para captar la lejanía y enviar su bendición a un frágil barco de refugiados judíos que en ese momento escapaba de la persecución nazi y pretendía ingresar en la Palestina clausurada por el Reino Unido. La humanidad había incrementado sus prácticas monstruosas, persiguiendo y haciendo morir con abominable ligereza.
Recordaba que cuando había llegado a Turquía en 1934 como delegado apostólico, no imaginó siquiera que iba a convertirse en un motor de salvamento, que sería visto como la última esperanza de miles, que bombardearía a los nuncios de otros países y abrumaría al secretario de Estado vaticano e incluso al mismo Santo Padre con sus exigencias de ayuda.
Monseñor Angello Giuseppe Roncalli había nacido en noviembre de 1881 cerca de Bérgamo, ayer hizo exactamente 120 años, en una familia de labriegos rústicos. Ingresó en el seminario durante su pubertad, y en 1904 se doctoró en teología y ordenó sacerdote. Continuó sus estudios con ahínco y trabajó nueve años en la secretaría del episcopado de Bérgamo, donde adquirió una profunda experiencia sobre las miserias sociales. En la Primera Guerra Mundial fue capellán. Más adelante fue convocado a Roma y luego enviado a Bulgaria como visitador apostólico. Allí se interesó por conocer a fondo las iglesias orientales; su excelente desempeño lo ascendió a nuncio ante Grecia y Turquía, donde pasó los años de la Segunda Guerra Mundial.
En 1944 fue transferido a París, luego actuó como primer observador permanente de la Santa Sede ante la Unesco y en 1953 lo designaron cardenal y patriarca de Venecia, dignidad con la que esperaba poner término a su carrera. Pero en 1958 ocurrió lo más inesperado: fue elegido Papa. Adoptó el nombre de Juan XXIII en homenaje al más joven y querido de los apóstoles, y porque los papas de ese nombre tuvieron reinados cortos; él ya había cumplido 76 años. Pero un breve lustro le alcanzó para refutar a quienes lo consideraron un personaje de transición.
En su primer discurso expresó interés vigoroso por los cristianos separados y por la paz mundial. En menos de tres meses puso en marcha los trabajos del trascendental Concilio Vaticano II. Firmó dos encíclicas que hicieron historia: Mater et Magistra y Pacem in terris . Hizo estallar el aggiornamento e inyectó en la Iglesia aires de renovación y ejemplaridad que generaron asombro.
Se lo llamó el Papa Bueno, pero más que bueno fue coherente y dueño de una valentía impresionante. Cuando tuve la fortuna de estar a su lado en Castelgandolfo, como miembro de una delegación médica, advertí su llaneza, resolución y bonhomía, que jamás se borrarán de mi recuerdo.
Se lo admira por lo mucho que realizó como Papa, pero es escasa la información que se ha difundido sobre sus méritos anteriores. En esos trabajos secretos y arriesgados se fogueó su corazón. Atravesó lúgubres corredores que le enseñaron a ser expeditivo y contundente. Conoció a los hermanos separados y conoció de cerca a los judíos perseguidos. Los conoció tanto, y comprendió de una forma tan vibrante la tragedia de su historia milenaria, que escribió un poema en el que acusaba a los antisemitas de portar la infame marca de Caín. Fue él quien abolió la absurda acusación de deicidio e inauguró un diálogo que no cesa de enriquecerse.
La Fundación Internacional Raoul Wallenberg inauguró una campaña para el reconocimiento de la acción humanitaria desplegada por el nuncio Roncalli durante la Segunda Guerra Mundial. El lanzamiento de esa acción tuvo lugar en la misión de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, con la presencia del secretario de Estado vaticano cardenal Angelo Sodano.
Ya comenzó el relevamiento histórico de las acciones que puso en marcha durante los siniestros años del Holocausto. Es la parte menos conocida de su biografía. Mantuvo estrecho contacto con líderes sionistas de Palestina e intervino ante diversas personalidades expresando que consideraba justo que los judíos retornasen y se independizasen en su terruño ancestral.
Aunque se desempeñaba como nuncio ante los gobiernos de Grecia y Turquía, se ocupó de las víctimas que aparecían por todos lados. Hannah Arendt, en su libro Men in dark times (”Hombres en tiempos oscuros”) relata que al estallar la guerra el embajador alemán Franz von Pappen le solicitó que interviniese ante Roma para que la Santa Sede brindara un apoyó explícito a Hitler. La respuesta del nuncio fue: ”¿Y qué debo decir sobre los millones de judíos que sus compatriotas están asesinando en Polonia y Alemania?”
En 1940 recibió a refugiados polacos que le informaron sobre lo que estaba ocurriendo en su patria; tomó nota de lo que le dijeron y luego los ayudó a viajar a Tierra Santa. Se interesó por los judíos de Francia y pidió la intervención del nuncio en ese país. Se esmeró por rescatar 20.000 judíos de Eslovaquia en peligro de ser deportados a los campos de la muerte. Intervino en Croacia. Se dirigió al rey Boris de Bulgaria para rogar que brindase clemencia a sus judíos amenazados. En 1943 se ocupó de los judíos de Italia septentrional, a los que consideraba sus paisanos. Pidió el compromiso del nuncio en Rumania para impedir la tragedia de los judíos radicados allí y, personalmente, rescató cientos de huérfanos. Consiguió, además, que el gobierno rumano accediera a permitir la salida de un barco fletado por Turquía rumbo a Tierra Santa con 1500 perseguidos. Se involucró en Hungría apenas comenzada la ocupación nazi.
A esa actividad febril se deben agregar dos iniciativas extraordinarias. Una es el envío al arzobispo de Budapest, Angelo Rotta, por medio del correo secreto del Vaticano, de miles de ”certificados de inmigración” a Palestina. Con ese instrumento pudo salvar incontables vidas. Eran pasaportes o certificados de nacionalidad expedidos por países neutrales, a menudo latinoamericanos, que entregaban en forma gratuita diplomáticos de espíritu noble o se compraban a funcionarios consulares corruptos.
La segunda iniciativa fueron los certificados de ”bautismo de conveniencia”. Era un audaz invento de Roncalli que orillaba la ilegalidad respecto del derecho canónigo. Pero no había límites ante la urgencia de socorrer multitudes condenadas a las cámaras de gas. Miles de niños, mujeres y varones atravesaron ceremonias de bautismo que no los comprometía definitivamente, pero que los nazis, en sus arbitrarias construcciones teóricas, reconocían como una credencial que permitía salir del país.
Años después, cuando Papa, recibió a representantes de las comunidades judías del mundo. Descendió del trono con los brazos extendidos y reprodujo una de las escenas más conmovedoras de la Biblia. Con lágrimas en las mejillas exclamó: ”¡Yo soy José, vuestro hermano!” Al inaugurar el Concilio Vaticano II, pese a que aún no existían relaciones diplomáticas con Israel, ordenó que la bandera de ese país flameara en la plaza de San Pedro.
Su tenaz y decidido compromiso con los que sufren, su amplitud de criterio y su visión profética explican la coherencia de una vida y de una obra. La humanidad aún tiene mucho para aprender de tan maravilloso apostolado.

Marcos Aguinis. Publicado en el Diario La Nación