miércoles, 18 de septiembre de 2019

El día en que Hitler le confió a un embajador argentino la tempestad mundial que se avecinaba

El Diario Infobae, en su edición digital, publicó este artículo, firmado por Juan Bautista "Tata" Yofre.

El día en que Hitler le confió a un

embajador argentino la tempestad 

mundial que se avecinaba

Eduardo Labougle Carranza se desempeñó en Berlín entre 1932 y 1939, dondepresenció el ascenso al poder del por entonces canciller alemán. La trastienda de sus encuentros con el Führer en los que le confió sus planes y analizó la participación argentina en los conflictos bélicos mundiales del siglo XX
Hitler saluda al embajador el 8 de febrero de 1933 durante su primera recepción al Cuerpo Diplomático. Según Labougle, el Führer lucía frac, su peinado estaba desaliñado y observó que “no teniendo cinturón donde siempre ponía sus manos, sus dedos jugaban algo nerviosamente con los puños de la camisa y las mangas demasiado largas”
Hitler saluda al embajador el 8 de febrero de 1933 durante su primera recepción al Cuerpo Diplomático. Según Labougle, el Führer lucía frac, su peinado estaba desaliñado y observó que “no teniendo cinturón donde siempre ponía sus manos, sus dedos jugaban algo nerviosamente con los puños de la camisa y las mangas demasiado largas”
El embajador argentino Eduardo Labougle Carranza tuvo el privilegio, si así se lo puede calificar, de ser testigo y observador en los días previos a la llegada al poder del canciller Adolf Hitler. Sintió y vivió la enorme crisis que envolvía a la sociedad alemana que, desesperada, le abrió las puertas al Führer. El 30 de enero de 1933, Joseph Goebbels, uno de sus más cercanos colaboradores escribiría en su diario: "No habrá fuerza viviente capaz de sacarme con vida de aquí". Otro más realista, y no sin razón, aventuró en una carta al presidente germano mariscal Paul von Hindenburg: "Yo profetizo solemnemente que este lunático arrojará a nuestro Reich al abismo y llevará a nuestra nación a una miseria inconcebible. Las generaciones futuras os maldecirán en vuestra tumba por lo que habéis hecho". Era nada más ni nada menos que el presagio del general Erich Friedrich Wilhelm von Ludendorff, viejo compañero de armas de Hindenburg durante la Primera Guerra Mundial.
Labougle se desempeñó en Berlín, entre 1932 y 1939, y observó todo: el incendio del Parlamento, la sombría noche de la quema de los libros mientras cenaba con Hitler, la persecución a los opositores, los congresos nazis en Núremberg, "la noche de los cuchillos largos" de 1934, las Olimpíadas de Berlín de 1936, la Kristallnacht la promulgación de las leyes raciales, las antesalas del Holocausto, el secreto rearme de las Fuerzas Armadas del Reich, el Anschluss de 1938 y el inservible Pacto de Múnich, donde se concretó el despedazamiento de Checoslovaquia.
Mientras estos y otros hechos se sucedían, el cuerpo diplomático acreditado en Berlín observaba azorado por cómo se vivía en un Estado policial e informaba a sus capitales sin recibir mayores respuestas. Por lo menos de aquellos países que no tenían una fuerte incidencia en Europa. En general, la contestación era el silencio y la bruma de indiferencia. Labougle se movía con notable facilidad en Berlín, tanto en los niveles oficiales como sociales. Era lo que debía hacer, única manera de informar lo que escuchaba y lo que veía. Como decía un viejo diplomático argentino, "la diplomacia es el arte de administrar los silencios".
Su actividad causó recelos en algunos de los embajadores. Por ejemplo en William Dodd, representante de Franklin Roosevelt (1933-1937), que llegó a decir que Labougle tenía "mentalidad fascista". Aquel que haya leído sus memorias sabe que no fue así, que no existió la más mínima señal de afinidad, ni al nazismo como al fascismo. Es más: en una ocasión lo reconvino al general Juan Pistarini (más tarde ministro del presidente Juan Domingo Perón) luego de observar una noche en la Ópera, de la Unter den Linden (Bajo los Tilos), que hizo el saludo nazi con su mano derecha. Así me lo relató su hija Delia Labougle años más tarde. Al respecto, Labougle escribió: "Hace poco, en una reunión social, una princesa muy partidaria del nazismo me preguntó ingenuamente, en presencia de (Heinrich) Himmler y (Viktor) Lutze, jefe de las S.A., por qué no saludaba a la usanza nazi. Los mencionados no me dieron tiempo de contestar. Ambos le expresaron que no era necesario, que me sabían un excelente amigo de Alemania y que ello bastaba".
La visita del contraalmirante León Scasso, jefe de la Flota de Mar al frente de la delegación naval argentina, al por entonces canciller Adolf Hitler
La visita del contraalmirante León Scasso, jefe de la Flota de Mar al frente de la delegación naval argentina, al por entonces canciller Adolf Hitler
Lo más acertado sería decir, como Labougle, que, salvo los embajadores con intereses directos en Europa, "los demás éramos perplejos espectadores del gran drama". Ante la crítica de William Dodd, sin lugar a dudas, la mejor defensa de la tarea del delegado argentino la hizo el embajador de los EE.UU. en Moscú, Joseph Edward Davies en su libro Misión en Moscú, cuando dice que Dodd no llegó a darse cuenta de su importante misión en Berlín. No captó la realidad de los acontecimientos. Repetía permanentemente que no era un diplomático sino un profesor universitario y como odiaba al nazismo no veía la razón de vincularse con los funcionarios alemanes. Según su razonamiento, los embajadores que no comulgaban con el Nuevo Orden debían permanecer ajenos, "como simples observadores al margen de los gobernantes". Así, se debía informar por lo que "se dice" y no por lo que cada uno podía recoger directamente de los medios oficiales.
 Labougle se movía con notable facilidad en Berlín, tanto en los niveles oficiales como sociales. Era lo que debía hacer, única manera de informar lo que escuchaba y lo que veía. Como decía un viejo diplomático argentino, “la diplomacia es el arte de administrar los silencios”
Los historiadores Manvell y Fraenkel en su biografía de Herman Göring coinciden con Davies: "Dodd era un demócrata que odiaba a los nazis, pero era también un inexperto diplomático y no tenía contacto con los dirigentes nazis. Era asimismo un hombre enfermo que no gozaba de las simpatías de Sumner Wells", subsecretario del Departamento de Estado, porque no lo consideraba idóneo para el cargo.
En 1937, tras participar en la revista naval por la coronación del rey Jorge VI del Reino Unido, los acorazados argentinos ARA Moreno y ARA Rivadavia visitaron Alemania y fueron recibidos en diferentes bases. Al frente de la delegación naval argentina, se destacaba el jefe de la Flota de Mar, contralmirante León Scasso. El gobierno del Reich, en un gesto inusual, el 26 de mayo trasladó a Berlín en un avión de la Luftwaffe, a la plana mayor de los dos acorazados. La Armada Argentina en esa época era la más poderosa de Sudamérica y para algunos la séptima flota más importante del planeta.
Esa noche, el embajador Eduardo Labougle les ofreció una cena. Al día siguiente saludaron al Gran Almirante Erich Raeder y a las 12:30 del mediodía visitaron a Adolf Hitler en la Cancillería. Tras el encuentro, los oficiales argentinos fueron a almorzar a la residencia de Raeder junto con altos oficiales de la Kriegsmarine. En la ocasión, el contralmirante Scasso recibió una foto autografiada por Hitler y el jefe de la delegación argentina brindó por "la gloriosa marina alemana". Detalle: tras el golpe de 1943, el almirante Scasso fue Interventor Federal en Córdoba. Renunció en 1944 en desacuerdo con la ruptura de relaciones con Alemania.
Según dijo el embajador alemán en Buenos Aires, Edmund von Thermann, cuando fue interrogado luego de la guerra por los norteamericanos, Scasso "era más bien un nacionalista argentino que un pro alemán, aunque admiraba los métodos de Hitler siempre (me) recibió con la más cálida cortesía". De acuerdo a la declaración del Agregado Naval en la Argentina, capitán Dietrich Niebuhr, a sus interrogadores norteamericanos, Scasso "era el mayor nazi de la Armada pero (tuve) pocos contactos con él".
El miércoles 11 de enero de 1939 todo el cuerpo diplomático fue invitado a la nueva sede de la Cancillería en la Vosstrasse. Las fotos de ese día muestran a los representantes extranjeros con sus uniformes de gala, acompañados por el jefe de Protocolo, Barón Hans von Charles Dömberg, un funcionario que llamaba la atención por sus dos metros de altura. En otras se observa a Eduardo Labougle conversando con Adolf Hitler, mano a mano, y alrededor observan el ministro von Ribbentrop; el embajador Attolico de Italia y el Secretario de Estado Obbergrupenfüher Hans Heinrich Lammers, jefe de la cancillería.
El primer día del mes de junio de 1939 se publicó la noticia en los diarios berlineses del traslado del embajador argentino Labougle. Su nuevo destino era la embajada argentina en la República de Chile, uno de los destinos más importantes de la diplomacia argentina. Entre los aprestos de viaje, tareas administrativas y las despedidas que le brindaron, el matrimonio Labougle dejó Alemania recién el 4 de julio de 1939, cuando se embarcaron en el puerto de Hamburgo en el Cap Arcona rumbo a Buenos Aires. Dejaba tras de sí -luego de siete años en Berlín- numerosos amigos sociales, empresarios de la industria, el comercio y el gobierno.
El ministro Von Ribbentrop le ofreció un almuerzo en su casa y, a su término, lo condecoró con la "Gran Cruz del Águila Alemana". A través del ministro de Estado de la Cancillería Otto Meissner pidió una entrevista a Adolf Hitler con el fin de despedirse oficialmente. Era lo que correspondía. Fue recibido en la Führerbau (Casa del Jefe) de Múnich el domingo 25 de junio de 1939. En el viaje en tren de Berlín a Múnich conversó largamente con el Reichsführer-SS Heinrich Himmler que le contó "muchas cosas interesantes acerca de las cuales prefiero informar verbalmente". A bordo del buque alemán Cap Arcona (hundido en 1945), Labougle aprovechó para escribir a su canciller José María Cantilo un largo informe de veinte carillas a máquina.
Antes de entrar al despacho principal del Führerbau se debe aclarar lo que Labougle ignoraba: el 23 de mayo de 1939, Hitler convocó a los más altos jefes militares en la Cancillería. Mientras toma pequeños sorbos de limonada, les dice que ha llegado la hora: "Si hacemos la guerra (a Polonia) no será por Danzig, sino para extender nuestro espacio vital en el Este y asegurar la subsistencia de las futuras generaciones. Además, si el destino nos fuerza a un conflicto con los occidentales, mejor es disponer antes de mayor espacio en el Este. No se trata de derecho o falta de derecho: se trata de la existencia de 80 millones de alemanes". Era el Plan Blanco, la invasión a Polonia, y así consta en el Acta de esa reunión en el documento L-79, USA-27 del Juicio de Nüremberg.
Hitler, de espaldas, conversa en uno de los corredores del “Führerbau” en Múnich
Hitler, de espaldas, conversa en uno de los corredores del “Führerbau” en Múnich
Una vez sentados, el Führer comenzó agradeciendo la neutralidad argentina durante la Primera Guerra Mundial. El argentino detalló: "Me dijo que esperaba y abrigaba la esperanza que la Argentina mantenga también en el futuro su situación independiente y que, sobre esa base, Argentina puede contar siempre con su más sincero deseo y apoyo para estrechar vinculaciones".
 El primer día del mes de junio de 1939 se publicó la noticia en los diarios berlineses del traslado del embajador argentino Labougle. Su nuevo destino era la embajada argentina en la República de Chile, uno de los destinos más importantes de la diplomacia argentina. Entre los aprestos de viaje, tareas administrativas y las despedidas que le brindaron, el matrimonio Labougle dejó Alemania recién el 4 de julio de 1939
Tras los primeros escarceos verbales Labougle le preguntó sobre la crisis política mundial. "Echándose hacia atrás en su sillón y con uno de sus gestos habituales, me contestó en tono irónico, más o menos lo siguiente: 'Bah. La situación recién se podrá aclarar cuando los polacos (y esto lo hizo con un ademán despectivo), por fin y de una vez, así lo resuelvan, o si ellos quieren conquistar únicamente la Prusia Oriental, o también Pomerania y Silesia, o si así mismo lo desean hasta el Oder o hasta el propio Berlín. Los polacos tienen delirios de grandeza y se olvidan que Alemania tiene no solamente el ejército más poderoso del mundo sino, sin duda, también el mejor equipado (comprendiendo la aviación y la marina), de manera que no tenemos por qué temer a nadie. Si Polonia prueba realizar sus atrevidos proyectos se le hará saber, se le instruirá con la rapidez de un rayo, en donde se encuentran, en realidad, sus fronteras, que no son de manera alguna en el Río Elba o, posiblemente, en el Rhin. Polonia no podrá contar con la ayuda de ningún otro país", describió.
"El canciller alemán -escribió Labougle- no cree que Francia e Inglaterra se resuelvan prácticamente a intervenir en el conflicto. En su malhumorada ironía, me dijo algo así como que Polonia sería barrida una vez más en su existencia como país independiente. El señor Hitler se demuestra convencido de que en el caso de Polonia, los países tanto escandinavos como bálticos y también Bélgica, Holanda y Yugoslavia, permanecerían neutrales. Ninguno de ellos quiere la guerra y también Suiza y otros países más".
"A esta altura de la conversación -informa el diplomático argentino- Hitler habló con violento énfasis demostrativo de su fastidio contra los Estados Unidos de Norteamérica y especialmente su Presidente. Se demostró sorprendido y con cierta amargura por el hecho que Franklin Roosevelt no hubiera contestado a su último discurso ante el Reichstag". Y afirmó: "No comprendo cómo no me ha respondido; lo esperaba; deseaba mantener con él una prolongada polémica. No comprendo". "Quedó pensativo -observó Labougle-. Pasaron por su mente, sin duda, en tropel, la serie de argumentos o razones que habría estado elucubrando desde su retiro en la colina de Bertchtesgaden. Yo lo observaba fijamente, pues, tuve la impresión que en medio del apogeo de su gloria y de su poderío, el silencio de su gran contrincante, le ha proporcionado horas de desilusión y amargura".
Cuando retomó el hilo de la conversación, Hitler trazó durante una larga exposición una visión negativa sobre Roosevelt y su relación con los judíos y la prensa estadounidense. Elevó la voz y expresó: "¡Estados Unidos es el país más mal gobernado del mundo y Roosevelt es de los peores gobernantes!".
María Susana Pearson de Labougle ante la Puerta de Brandenburgo
María Susana Pearson de Labougle ante la Puerta de Brandenburgo
Cuando el tema comenzó a declinar, comentó el embajador argentino: "Hitler me dijo pausadamente: En Gran Bretaña me creen un (Schwadroneur) pedante, fanfarrón, a pesar de que he demostrado muchas veces que mis manifestaciones han sido realizadas con toda seriedad. Por el contrario son los ingleses que tienen la boca muy grande. Conozco muy bien a los ingleses: durante meses los he combatido durante la guerra frente a frente. Únicamente cuando se presentaban en una proporción de 1 a 10 pudieron haber registrado, tal vez, un éxito… el soldado inglés nada puede hacer contra el soldado alemán".
Luego menospreció a la aviación del Reino Unido y señaló: "No le temo a su flota". "Aun cuando haya razones fundamentales para un conflicto con Inglaterra, la exigencia alemana en cuanto a la devolución de sus colonias subsiste y se realizará si no es por las buenas será por las malas… Únicamente habrá paz cuando los otros consideren las condiciones vitales del pueblo alemán, consintiéndole todo aquello que pueda reclamar de su derecho". Labougle observó en su informe: "Esta última frase la dijo sentenciosamente; como respondiendo a una firme y categórica resolución, que no puede admitir discusiones".
Luego se levantaron: "Al estrecharme la mano fuertemente, con un ademán cordial y sonriente, me dijo que esperaba volviera a Alemania, yo que había vivido durante una época trascendental y que vería lo que harán en un próximo futuro". El destino quiso que Labougle fuera nuevamente embajador en la Alemania en 1956, presidida por Konrad Adenauer, con el gobierno de la Revolución Libertadora y Alemania se encontraba en ruinas y Hitler se había suicidado el 30 de abril de 1945. Al finalizar, Hitler le regaló, como era su costumbre, una foto firmada, que décadas más tarde pude observar.
El mariscal Göring, el segundo hombre en importancia en ese momento, lo invitó a su Carinhall, su majestuosa residencia, cercana a Berlín. En el inicio de la conversación, Labougle le agradeció su "influencia personal para decidir a las autoridades a fin de que adquirieran un contingente anual de carnes frigoríficas. "Les compro todo los que puedan vendernos", le dijo el Reichsmarschall.
Seguidamente el diálogo se deslizó hacia Chile, próximo destino del diplomático argentino, y Göering comenzó a discurrir sobre las razas, el germanismo y el mantenimiento de su pureza. Con la franqueza de muchos años de trato, Göring supo decirle, en un tramo de la conversación, sin necesidad: "Sí, pero los argentinos no constituyen una raza; es una mezcla; son una nacionalidad".
Al embajador Eduardo Lablougle lo reemplazó, hasta 1942, el embajador Ricardo Olivera (después Embajador ante el gobierno de Vichy, la Francia ocupada). Luego fue designado como Encargado de Negocios (A.I.) Luis Luti, hasta que se rompieron relaciones en 1944.


lunes, 16 de septiembre de 2019

La hija del "animal de Auschwitz": huyó de Alemania, fue modelo top en España y durante 80 años buscó ocultar su pasado

El Diario Infobae, en su edición digital, publicó este artículo firmado por Matías Bauso.


La hija del "animal de Auschwitz": huyó de

Alemania, fue modelo top en España y durante

80 años buscó ocultar su pasado

Brigitte vivió en el campo de exterminio nazi. En la lujosa casa que su padre, el comandante Rudolf Höss, tenía del otrolado de los alambres de púas. Creció viendo las chimeneas humeantes, los detenidos vestidos con los trajes a rayas yoliendo a muerte. Esta es su increíble historia

Rudolf Höss vivió con su familia -esposa y cinco hijos- en la casa que le correspondía como comandante en las afueras del campo de exterminio de Auschwitz. Brigitte, la mayor de las niñas, creció viendo a los prisioneros con sus trajes a rayas y las chimeneas humeantes de los hornos nazis
Rudolf Höss vivió con su familia -esposa y cinco hijos- en la casa que le correspondía como comandante en las afueras del campo de exterminio de Auschwitz. Brigitte, la mayor de las niñas, creció viendo a los prisioneros con sus trajes a rayas y las chimeneas humeantes de los hornos nazis
Era la hija de un monstruo. Pero (casi) nadie lo sabía. Sobrevivió ocho décadas escapando de los señalamientos, de las miradas, de las acusaciones, de las sombras del pasado. Ocultando su apellido, sin querer mirar para atrás. Pero cercada por la enfermedad y por un periodista pertinaz, Brigitte decidió contar sobre su pasado.
Los paisajes de su infancia fueron peculiares. Dachau entre el año de edad y los cinco, luego dos años en Sachsenhausen, y de los 7 a los 12, Auschwitz. Todos campos de concentración. Logró sobrevivir a ellos, naturalmente, porque estaba del otro lado del alambre de púas.
Su padre, Rudolf Höss, fue el comandante de Auschwitz; fue quien lo organizó, puso en funcionamiento y lo dirigió. En sus memorias, Höss dice que no pensó llegar tan rápido a tener tamaña responsabilidad. Pero los nazis sabían distinguir el trabajo dedicado.
Tenía cinco hijos que crecieron viendo desde las ventanas de sus cuartos las chimeneas humeantes, los detenidos perdiendo fisonomía humana en los trajes a rayas, los movimientos de personas constantes, salvajes y cotidianos, oliendo a la muerte.
No les faltaba nada. La casa era espaciosa y estaba repleta de bienes lujosos. Grandes escritorios, mesas antiquísimas, cuadros valiosos en las paredes, vajilla de la mejor calidad, jarrones milenarios. Todo proveniente del saqueo nazi. Un ejército de sirvientes estaba a su disposición.
Representantes de todos los oficios imaginables llegaban a su hogar para solucionarles los pequeños inconvenientes cotidianos. Peluqueros, jardineros, cocineros, sastres, carpinteros, profesores de música. Cada uno de ellos provenientes del campo de concentración vecino: mano de obra esclava que les permitía vivir con todas las comodidades.
En la mesa familiar no se hablaba del trabajo del padre. Estaba prohibido traer el trabajo a casa. Tampoco había gritos ni palizas. La armonía parecía reinar. Por la noche les leía cuentos a sus hijos y sus historietas favoritas.

Brigitte y su hermana. Vivieron en Auschwitz hasta que la niña cumplió 10 años
Brigitte y su hermana. Vivieron en Auschwitz hasta que la niña cumplió 10 años
Brigitte cuenta que una de las pocas veces que vio enojado a su padre fue cuando los cinco hermanos habían convencido a una de las costureras que trabajaba en la casa de que les confeccionara trajes a rayas como los que tenían las personas -espectros que se iban consumiendo, que iban siendo reemplazados por otros a los que les esperaba el mismo veloz e infausto destino- al otro lado de la alambrada. Las rayas verticales de dos colores, el símbolo de los Kapos para el hermano mayor. El padre al verlos con los trajes, furioso, los obligó, a fuerza de gritos y manotazos, a desvestirse.
La avanzada soviética hizo que la familia Höss debiera separarse. Y que empezara el tiempo de la incomodidad, de la fuga y las privaciones. Rudolf intentó luchar hasta el final. Su esposa y los hijos escaparon. Luego del triunfo aliado, de la debacle nazi, pasaron necesidades. Vivieron un tiempo a la intemperie, con identidades cambiadas, escapando.

Los prisioneros con sus trajes a rayas
Los prisioneros con sus trajes a rayas
El padre se estableció en un campo, volviendo a sus orígenes de agricultor. Trataba de pasar desapercibido. La familia se instaló en una vieja fábrica de azúcar en St. Michaelisdonn, cerca de la costa. Mantenían contacto con el padre que se encontraba no tan lejos de allí en Flensbourg, cerca de la frontera con Dinamarca. El plan era aguantar hasta que estuvieran las condiciones dadas para una nueva fuga. Pero esta vez, los siete unidos. El destino era obvio y seguro: Argentina.
Pero la planificación se frustró una mañana en que los soldados aliados golpearon con fuerza la puerta y antes de que uno de los hijos pudiera llegar a preguntar quién era, la abrieron de una patada. El interrogatorio y las amenazas dieron resultado. La madre, ante la posibilidad de que alguno de sus hijos fuera entregado a los soviéticos, denunció el paradero de su esposo.
Lo encontraron rápido a Höss. Lo apresaron y fue interrogado con dureza. Luego participó como testigo en Nuremberg. También fue juzgado poco después y condenado a la horca. La ejecución se llevo a cabo muy cerca de Auschwitz, como si esa simetría pudiera reforzar la justicia.
No hubo palabras de arrepentimiento. Dijo, como tantos otros, que él no mató a nadie con sus manos, que solo respondió órdenes e hizo su trabajo.

Rudolf Höss, segundo por la izquierda, junto a Josef Mengele (a su derecha) y Josef Kramer (La Bestia de Belsen) en Auschwitz (EE.UU. Holocaust Memorial Museum)
Rudolf Höss, segundo por la izquierda, junto a Josef Mengele (a su derecha) y Josef Kramer (La Bestia de Belsen) en Auschwitz (EE.UU. Holocaust Memorial Museum)
Su familia intentó seguir adelante. El plan era no llamar la atención, que nadie los asociara con el pasado nazi. Brigitte no aguantó más en Alemania y se marchó a España. Creyó que en una nueva tierra tendría más posibilidades de empezar una nueva vida.
Era imponente. Era alta, segura, con un cuello largo, una sonrisa firme y ojos ávidos. Su figura le posibilitó abrirse paso enseguida. Tenía 27 años pero parecía atemporal. Una belleza germana, gélida, sofisticada, intrigante.
Un encuentro casual hizo que encontrara no solo rumbo en el aspecto laboral sino que pudiera ingresar en un mundo que la cobijara y en el que sus posibilidades de ascenso y de dejar atrás el pasado fueran una realidad.
Cristóbal Balenciaga se la cruzó en un evento e inmediatamente quedó deslumbrado. De inmediato le hizo una oferta para que se incorporara como mannequin (todavía no se las llamaba modelos) de su marca. Balenciaga, así a secas, no era necesario el nombre propio, diseñador legendario ya en esa época, con su elección la legitimó.
Nadie le pidió a Brigitte demasiadas explicaciones sobre su pasado. Mejor no saber. Cuando alguien se interesaba en su orfandad y soledad, ella decía que su padre había muerto en la guerra. Omitía algunos detalles.
Cristóbal Balenciaga en 1927. El gran diseñador español quedó fascinado con la belleza de Brigitte. La llamaba “mi pequeño soldado alemán”. Nunca le preguntó por su pasado
Cristóbal Balenciaga en 1927. El gran diseñador español quedó fascinado con la belleza de Brigitte. La llamaba “mi pequeño soldado alemán”. Nunca le preguntó por su pasado

Brigitte se convirtió en una de las favoritas del modisto que la llamaba "mi pequeño soldado alemán". Ella conoció en virtud de su trabajo a actrices de Hollywood, miembros de la nobleza, personalidades influyentes y a Carmen Polo, la esposa del dictador Francisco Franco.
Otra vez vivía rodeada de lujo. Había dejado atrás la pobreza, la vida en fuga, los atroces crímenes paternos. También su apellido. No quería que nadie la asociara con Auschwitz.
Luego conoció a un ingeniero norteamericano de origen irlandés que ocasionalmente trabajaba en Madrid. Se casaron y ella siguió los destinos laborales de su marido. Irán, Vietnam, Líbano, Liberia y Grecia. No le costó nada dejar las pasarelas. Ya no necesitaba ni seudónimos ni el apellido materno. De ahí en adelante llevaría el apellido de casada. Formaron una familia itinerante, tuvieron dos hijos y recién se instalaron definitivamente en Washington en 1972.
Durante largo tiempo ella ocultó sus orígenes a su marido. Cuando confesó quién había sido su padre, el hombre se mostró comprensivo. "Sos una víctima más", le dijo y acordaron no volver a hablar del tema. Se separaron en 1983. Ella tuvo otros dos matrimonios y trabajó en Saks Jandel, una lujosa boutique, más de tres décadas. Otra vez los clientes eran exclusivos. Jackie KennedyBarbara BushHillary Clinton.
Cierta vez, luego de una fiesta, con los frenos inhibitorios aflojados por el alcohol, le confesó su pasado al gerente del negocio. Este le comunicó, a la mañana siguiente, a los dueños de la tienda, un matrimonio judío alemán que debió escapar de su tierra luego de La Noche de los Cristales RotosEllos le dijeron a Brigitte que su puesto no peligraba, que nadie era culpable por los crímenes de los padres. Trabajó con ellos 35 años.
Brigitte llegó a España y se convirtió en una modelo top. Tuvo una vida de lujos, pero también de mucha soledad. Solo cuando se casó con un ingeniero norteamericano se animó a revelar su historia
Brigitte llegó a España y se convirtió en una modelo top. Tuvo una vida de lujos, pero también de mucha soledad. Solo cuando se casó con un ingeniero norteamericano se animó a revelar su historia

Brigitte llegó a España y se convirtió en una modelo top. Tuvo una vida de lujos, pero también de mucha soledad. Solo cuando se casó con un ingeniero norteamericano se animó a revelar su historia
Brigitte ocultó su historia hasta que tras cumplir 80 años le descubrieron un cáncer. Luego del diagnóstico decidió recibir a Thomas Harding, un periodista y escritor norteamericano que estaba escribiendo el libro Hans y Rudolf, una crónica de cómo su tío abuelo Hans Alexander, un capitán del ejército de Estados Unidos, había capturado a Höss en 1946.
Harding rastreó a Brigitte durante años, siguió pistas falsas pero no se desalentó. Hasta que un día consiguió lo que parecía imposible. Dar con ella y lograr que hablara. Allí ella le contó de los días en Auschwitz, de la fuga, de los años de Balenciaga y de su vida posterior.
Pero la condición era que no dijera cuál era su domicilio ni su apellido de casada, que nadie pudiera asociarla ni a ella ni a su familia con el criminal de guerra nazi. Sin embargo en esa charla dijo que su padre "parecía el mejor hombre del mundo, siempre dulce y amable con quienes le rodeaban". Y hasta incurrió en el negacionismo al intentar defender a su progenitor. "Si fueron tantos millones los muertos, ¿por qué hay tantos sobrevivientes?".
Cuando Harding le recordó que su mismo padre había reconocido un millón de víctimas en Auschwitz, ella adujo que sus captores británicos le sacaron esa confesión bajo tortura. Brigitte caracterizaba al padre como un integrante más, uno cualquiera, de las SS. Alguien obligado por las circunstancias a cumplir órdenes incómodas, a las que no se podía negar porque de otro modo su familia peligraba. "Si no hacía lo que le decían era que nos matarían a nosotros",  afirmó Brigitte.
Sin embargo, eso no es más que una versión antojadiza, una negación de la realidad, un intento de exculpar al padre que escapa de todo acercamiento con la verdad. Rudolf Höss fue un hombre ambicioso y oportunista. Su búsqueda frenética de poder, riqueza y comodidades lo llevó a ascender en la jerarquía nazi con gran velocidad. Él hacía lo que tenía que hacer para seguir ascendiendo.
Rudolf Höss fue tomado como prisionero y juzgado por sus crímenes. Frente al tribunal reconoció un millón de víctimas en Auschwitz
Rudolf Höss fue tomado como prisionero y juzgado por sus crímenes. Frente al tribunal reconoció un millón de víctimas en Auschwitz

En Höss, como en otros líderes nazis, hay ambición y convicción, impiedad y premeditación. Su actuar nunca fue fruto de la inercia. Si no mató a nadie con sus propias manos fue solo porque tenía a un batallón de personas (literalmente) a su mando. Hizo lo que tenía que hacer para mantener su poder y sus privilegios. Y si hubieran estado en peligro hubiera hecho lo que fuera necesario sin mayores escrúpulos. Fue un verdugo y un criminal. Lo llamaron "el animal de Auschwitz".
Brigitte sostuvo, no sin razón, que ella era una niña en ese entonces. "Nunca supe nada de la matanza y de las aberraciones. Sí veía las chimeneas, las barracas y los alambres de púa. Pero nunca pregunté por ellos. ¿ Y si hubiera sabido? ¿Qué hubiera cambiado con 7 o 10 años?", afirmó.
Los hijos no son responsables de los actos paternos. Cargan con esa herencia siniestra, con un legado macabro pero no tienen la culpa. La abyección no se transmite genéticamente. Sin embargo, la postura y actitudes que han tenido los hijos de los criminales nazis fue dispar.
Están los que han seguido defendiendo el actuar de sus padres, vanagloriándose de crímenes contra la humanidad. El hijo de Rudolf Höss, uno de los de Adolf Eichmann y varios más.
Otros, como el hijo de Martin Bormann, que se convirtió en sacerdote católico, no solo repudió al nazismo sino que dedicó su vida a intentar que se conocieran los crímenes para que no volvieran a suceder.
Rudolf Höss, antes de ser ahorcado. Nunca mostró arrepentimiento
Rudolf Höss, antes de ser ahorcado. Nunca mostró arrepentimiento

El hijo de un jefe de la Gestapo fusilado en 1948 se alineó en este grupo cuando le expresó a la periodista Gitta Sereny que "una persona al llegar al final de su vida debería tener el coraje de decir: 'Hijo, hice cosas espantosas y ahora voy a pagar con mi vida por eso. Espero que aprendas para que nunca hagas algo semejante'. Si hubieran dicho algo así, nos habrían ayudado. Pero fueron incapaces de sentir vergüenza o arrepentimiento y de ese modo nos abandonaron, dejándonos nada más el legado de su terrible culpa".
Karl, nieto de Rudolf Höss, sobrino de Brigitte, fue un poco más explícito al respecto: "Si supiera dónde está la tumba de mi abuelo, iría a mearla".