domingo, 12 de julio de 2026

El fútbol como espejo del alma colectiva

El Diario Infobae, en su edición digital, publicó este artículo de opinión firmado por Isaac Sacca

El fútbol como espejo del alma colectiva

Durante noventa minutos, millones de personas dispersas dejan de

sentirse solas. Ahí hay una lección sobre el alma humana.

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Argentina vs Suiza - Obelisco
La experiencia de alentar un equipo de fútbol trasciende el deporte y fortalece la identidad compartida de barrios, familias y memorias personales. Foto: Jaime Olivos

Alguien podría preguntar: ¿qué hace un rabino escribiendo sobre fútbol? La pregunta es legítima. Pero, en verdad, no escribo sobre el deporte en sí —ni sobre tácticas, campeonatos, jugadores o resultados—, sino sobre la extraordinaria emoción que el fútbol despierta en el espíritu humano. Y el espíritu del hombre, con sus pasiones, sus búsquedas, sus desbordes y sus contradicciones, pertenece de lleno al ámbito de reflexión de una persona religiosa, cualquiera sea su credo.

Mi padre solía decirme: “Si no hubiera fútbol, quizás habría más guerras”. La frase, a primera vista, puede sonar exagerada. Pero encierra una intuición profunda: la necesidad humana de pertenecer y el anhelo de trascender los límites de la vida individual. Cuando la persona no lo logra, se frustra, y esa frustración termina canalizándose por algún otro mecanismo, muchas veces destructivo.

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El fútbol despierta una intensidad emocional capaz de reunir, en un mismo instante, a millones de personas que jamás se conocerán entre sí. Un partido puede provocar lágrimas y júbilo, orgullo y esperanza; conversaciones entre generaciones, amistades instantáneas entre desconocidos y una sensación de pertenencia que atraviesa edades, clases sociales, idiomas y fronteras. Durante noventa minutos, millones de personas dispersas dejan de sentirse solas: se integran a una historia común, sufren y celebran juntas, como si algo verdaderamente importante estuviera en juego.

El fútbol pone en escena una necesidad esencial del alma: la de trascender el aislamiento. El ser humano no fue hecho para vivir encerrado en sí mismo. Necesita pertenecer, participar de un relato compartido, reconocerse en símbolos, cantar con otros, esperar con otros, abrazarse con otros. La vida puramente individual resulta demasiado estrecha para el corazón humano.

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La Biblia Hebrea expresa esta verdad desde el comienzo mismo de la creación: “No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2:18). Aunque en su contexto el versículo se refiere al vínculo más íntimo entre dos personas, revela también una ley general de la existencia: la soledad absoluta no corresponde a la plenitud del ser humano. Toda persona necesita del otro.

El libro de Eclesiastés lo dice desde otro ángulo: “Mejores son dos que uno… porque si uno cae, el otro lo levanta” (Eclesiastés 4:9-10). Y añade que “una cuerda de tres hilos no se rompe fácilmente” (4:12). La vida compartida multiplica la fuerza del individuo: lo que una persona sola no puede sostener, una comunidad puede cargarlo, cantarlo, llorarlo o celebrarlo.

Argentina vs Suiza - Obelisco
El fútbol asume características de una liturgia popular, donde cánticos, colores y recuerdos crean una memoria compartida que trasciende generaciones. Foto: Jaime Olivos

También los Sabios del Talmud comprendieron que la persona separada de los demás queda espiritualmente disminuida: “No te apartes de la comunidad” (Pirké Abot 2:4). En otras palabras, quien se aísla del destino compartido empobrece su propia vida.

En otro pasaje, el Talmud lo formula con una fuerza estremecedora: “O compañía o muerte” (Taanit 23a). La persona necesita diálogo, reconocimiento, reciprocidad. Necesita sentirse parte de algo que la excede.

El fútbol, en su forma más noble, toca precisamente esa fibra. El hincha no alienta solamente a once jugadores: alienta una memoria, un barrio, una familia, una infancia, una camiseta heredada, la voz de un padre, una tribuna, una historia entera.

Por eso el fútbol tiene algo de liturgia popular. Hay colores queridos por cada hinchada, cantos que se repiten, estadios que laten, héroes recordados como figuras entrañables y fechas grabadas en la memoria común.

El fútbol no es sagrado, pero demuestra que el alma humana, cuando se reúne en un colectivo, tiende naturalmente a potenciar sus emociones.

El poder de pertenecer a un grupo es una de las fuerzas más potentes de la humanidad. En esa fuerza radica el secreto de la redención de todos los males sociales que, nacidos del egocentrismo, van destruyendo la posibilidad de vivir en paz.

El Mundial de fútbol —y toda actividad social, masiva y colectiva— podría ser el catalizador de una nueva era: una humanidad renovada, una renovación de voluntades y espíritus capaz de generar un cambio real, y no solo tecnológico como el que hoy nos obsesiona.

Quizás por eso mi padre tenía razón al decir “si no hubiera futbol, quizás habría más guerras”. Allí donde la persona encuentra un lugar de pertenencia, encuentra también una razón para no destruir.

Quien sepa canalizar esa fuerza para bien, tendrá la posibilidad de salvar al mundo.