martes, 14 de julio de 2026

Una descendiente de conversos redescubre la fe secreta que su familia ocultó durante siglos

El sitio www.aishlatino.com publicó este artículo firmado por Rav Shraga Simmons y Sara Eliana. 

Una descendiente de conversos redescubre la fe secreta que su familia ocultó durante siglos 

por Rav Shraga Simmons y Sara Eliana 

12/07/2026 

De la Inquisición a Jerusalem, Sara Eliana volvió a casa después de 500 años. 

A los trece años asistía a un colegio católico en mi ciudad natal, Pereira, Colombia, situada en las estribaciones de los Andes, donde se cultiva el mejor café del mundo. 

Una mañana, mi amiga Sandra vino corriendo hacia mí. "¡Beatriz! ¡Anoche soñé contigo!". 

"¿Qué pasaba en tu sueño?", le pregunté. 

"Estábamos en un calabozo oscuro y sucio, con paredes de piedra. Éramos prisioneras, encadenadas". 

Abrí mucho los ojos mientras imaginaba el sonido de las puertas metálicas cerrándose y el eco de los pasos en los pasillos. 

"Entonces un hombre enorme y aterrador, con una capucha, nos sacó del calabozo. Nos condujo hasta una plaza donde había mucha gente gritando. 

En el centro había una enorme pila de leña. ¡Eran inquisidores que se preparaban para quemarnos vivas en la hoguera!" 


A los nueve años, en la época de mi primera comunión. 

Quedé completamente desconcertada. ¿Yo? ¿En la Inquisición? En la escuela nos habían dicho que la Inquisición existió para encarcelar, torturar y ejecutar a personas malvadas, como brujas y criminales violentos. ¿Qué tenía que ver todo eso conmigo? 

Desestimé el sueño como una simple fantasía infantil. No tenía idea de que años más tarde volvería para perseguirme. 

Mi familia 

Cuando tenía cinco años, mi padre nos dejó y se mudó a Venezuela. Mi madre quedó sola para criarme a mí y a mis dos hermanos mayores. A pesar de ello, fuimos felices. Estábamos rodeados de una gran familia formada por abuelos, tíos y primos. 

Mi madre era una mujer profundamente espiritual. Leía por su cuenta el libro de los Salmos y me contaba historias de la Biblia. Yo sentía un profundo amor por Israel, aunque sabía muy poco sobre ese país; solo que era la tierra que Dios había dado a Su pueblo. 

Mi madre siempre me alentó a desarrollar mis intereses. Al principio fueron los deportes. Un día me llevó a conocer a un profesor de música. Al ver aquel hermoso piano, mis ojos se abrieron de par en par. El profesor evaluó mi aptitud musical y le dijo a mi madre: "Esta niña tiene un talento extraordinario. Debe animarla a continuar con la música". 

Los padres de mi madre, 1990. 

Aquello marcó el comienzo de una pasión que me acompañaría toda la vida y que acabaría convirtiéndose en mi profesión como cantante, compositora y productora musical. Eventualmente obtuve una maestría en teoría musical y llegué a enseñar en la universidad. 

En la iglesia 

Nunca me gustó ir a la iglesia. No me inspiraba y sentía que no pertenecía a ese lugar. Además, muchos de los rituales me parecían extraños. Hice mi primera comunión a los nueve años, rodeada de velas y de un inquietante silencio. Me acerqué al altar y el sacerdote me dio una galleta (hostia) y un poco de vino mientras decía: "Este es el cuerpo y la sangre de Jesús". 

Miré la galleta. La idea de comer carne humana me produjo náuseas. 

"No creo que pueda masticarla", le respondí. 

El sacerdote sonrió. "No te preocupes. Déjala que se derrita en tu boca". 

Aquello me pareció todavía más desagradable. 

Mi hermano Carlos, que tenía dieciséis años cuando nuestro padre se marchó, terminó convirtiéndose para mí en una figura paterna. Cuando él ingresó en la Fuerza Aérea y se hizo piloto, esperaba con ilusión cada una de sus visitas. Me llevaba a pescar y me enseñaba lecciones sobre la vida. 

Un día, cuando yo tenía dieciocho años, Carlos me preguntó: "¿Te gustaría ser amiga de Dios?" 

Era una pregunta extraña. En la Colombia católica nos enseñaban que no debíamos hablar directamente con Dios. Si hacíamos algo malo, debíamos confesárselo al sacerdote. Nos repetían: "Haz lo que dicen los líderes de la iglesia o serás condenado a la ira eterna y al fuego del infierno". 

Dios era alguien a quien había que temer, no alguien con quien se pudiera entablar amistad. 

Afortunadamente, mi madre me había inculcado un profundo amor por Dios, y la propuesta de mi hermano de "ser amiga de Dios" encontró eco en mi corazón. Comencé a asistir a grupos evangélicos de estudio de la Biblia, donde encontré amor, compañerismo y un ambiente acogedor. Llegué a ser dirigente de la iglesia y directora del coro. A diferencia de la rígida liturgia católica con la que había crecido, allí me animaban a hablar directamente con Dios utilizando mis propias palabras. Poco después empecé a escribir canciones dedicadas a "Mi Amigo, Dios". 

El dilema del divorcio 

Algunos años más tarde me casé, pero el matrimonio fracasó rápidamente. Me encontré sola, asustada, embarazada y con la incertidumbre de cómo podría mantener a mi hijo. 

Compaginaba el trabajo, los estudios de música y los grupos de estudio cristianos, mientras mi madre me ayudaba a criar a mi hijo. Su fe serena y su apoyo constante me dieron el valor para continuar mi búsqueda espiritual. 

Poco después surgió una gran crisis. Un pastor me dijo que, según el Nuevo Testamento, una mujer divorciada debía reconciliarse con su exesposo o permanecer sola para siempre. 

Yo sabía que había cometido un gran error al casarme tan joven, pero deseaba volver a casarme, y no pensaba regresar con mi exmarido bajo ninguna circunstancia. 

Entonces sentí curiosidad por saber qué decía sobre el tema el Antiguo Testamento. Descubrí en Deuteronomio 24 que, cuando una mujer se divorcia, sale de la casa de su esposo "y se casa con otro hombre". Mostré este pasaje a mis maestros cristianos, pero lo descartaron diciendo: "El Antiguo Testamento ya no tiene vigencia". 

Esa respuesta me dejó profundamente inquieta. El Antiguo Testamento había sido dado por Dios, y Números 23:19 afirma que "Dios no cambia de parecer". 

Cuanto más estudiaba, más preguntas surgían. ¿Por qué los cristianos guardan el domingo como día de descanso si la Torá establece el sábado? Incluso en español el nombre del día es sábado, derivado directamente del Shabat. Además, ¿por qué la Torá ordena celebrar las festividades judías como "estatuto perpetuo", pero los cristianos no observan ninguna de ellas? ¿Acaso Deuteronomio 13 no prohíbe añadir o quitar nada de la palabra de Dios y declara falso profeta a quien lo haga? 

Cuando buscaba respuestas entre el clero cristiano, solían encogerse de hombros y responder: "Es un misterio. Deja de hacer tantas preguntas. Simplemente ten fe". 

Con mi hijo, Juan Camilo, mientras trabajaba y estudiaba música en la universidad. 

Respuestas en Internet 

Continué buscando respuestas en otros lugares. Entré en Internet y escribí: "Judaísmo en español", lo que me llevó a AishLatino.com. Cuanto más exploraba, más sorprendida estaba al descubrir lo familiares que me resultaban algunas leyes y costumbres judías. 

Por ejemplo, mi abuela siempre salaba la carne fresca antes de cocinarla. 

Y cuando mi abuelo sacrificaba un pollo, le cortaba el cuello y luego lo colgaba boca abajo para dejar que salga la sangre. Nadie en mi familia sabía por qué lo hacíamos. Imaginen mi sorpresa al leer que sacrificar al animal cortando el cuello y salar la carne para extraer la sangre es una práctica central del judaísmo. 

También había otras señales. Los hombres de mi familia siempre usaban un poncho que se parecía a un talit katán. Además, llamábamos a un tipo de bocadillo de pan y pasteles "parve", aunque nadie sabía que esa palabra es el término hebreo que significa "ni lácteo ni de carne". Incluso los habitantes de nuestra región eran objeto de burlas por su acento, que más tarde descubrí que estaba fuertemente influenciado por el ladino, la antigua lengua judeoespañola. 

Estos descubrimientos me dejaron confundida. ¿Cuál era realmente mi herencia? ¿Eran simplemente costumbres familiares al azar, o eran fragmentos de una identidad judía oculta? 

Las consecuencias de la Inquisición 

Investigué profundamente la historia de Colombia y descubrí que la Inquisición tenía poco que ver con las brujas. La verdadera historia era que, cuando España decretó la expulsión de todos los judíos en 1492, muchos decidieron "convertirse" al catolicismo, pero continuaron practicando el judaísmo en secreto. A estos pseudos conversos se les llamó "conversos" o, en hebreo, bnei anusim, los forzados. 

Como respuesta, España estableció una brutal Inquisición destinada a descubrir y perseguir a estos judíos ocultos. Miles de conversos fueron torturados y quemados vivos en la hoguera. 

Muchos conversos, buscando escapar de la Inquisición asesina, dirigieron su mirada hacia América del Norte y del Sur. Descubrí que mi región de Colombia fue poblada originalmente por conversos españoles. (Las pruebas de ADN indican que Cristóbal Colón tenía raíces judías). 

Trágicamente, las fuerzas del odio siguieron a estos conversos hasta el Nuevo Mundo. Para el año 1610, la Inquisición había establecido una sede en la costa caribeña de Colombia. Una vez más, los conversos huyeron, esta vez hacia la remota región montañosa de Antioquia, donde yo crecí quince generaciones después. 

Realicé una investigación genealógica y tracé mi linaje veinte generaciones atrás hasta Iehudá Hazay, un hombre judío que vivió en la España del siglo XV. Aunque muchos de sus descendientes se convirtieron al catolicismo, me emocionó enormemente encontrar pruebas de mis raíces judías. Incluso mi prueba de ADN muestra una pequeña conexión con ascendencia judía ashkenazí. 

Conexión ancestral 

Mientras continuaba estudiando, cuestionando y aclarando mis creencias religiosas, llegué a comprender que el concepto cristiano del mesías fue formulado para adaptarse a las creencias de los paganos del primer siglo, y que la idea de un "Dios humano" es una contradicción en sí misma. 

Con esta nueva información, no sabía cuál debía ser mi siguiente paso. Había muy pocas oportunidades para conectarme con judíos en Colombia. En mi ciudad, Pereira, la última sinagoga que quedaba había cerrado sus puertas cuarenta años antes. Además, la comunidad judía de Colombia desalentaba este tipo de consultas, temiendo verse abrumada por los aproximadamente 12 millones de descendientes de conversos que se estima existen. 

Afortunadamente, tenía una amiga que estaba siguiendo un camino similar de cuestionamiento del cristianismo. Ella contactó a rabinos de Costa Rica y Miami, quienes vinieron varias veces para enseñarnos. Comencé a observar el día de descanso el sábado y me esforcé por celebrar las festividades judías. 

Alba Ruth y yo renunciamos juntas al cristianismo. Esta foto es de cuando fui a visitarla en Colombia. 

Fue entonces que renunciamos a nuestra identidad cristiana. Al hacerlo, nos sentimos libres para vivir conforme a la tradición bíblica judía, sin la constante supervisión ni los cuestionamientos de la comunidad cristiana. 

El gran cambio 

Entonces tomé una decisión que cambiaría mi vida. Como Abraham y Sará, dejé mi país, mi lugar de nacimiento y a mi familia, y emprendí un viaje hacia la tierra de los judíos: ¡Miami! Mi sobrina, que vivía en el sur de Florida, me invitó generosamente a quedarme con ella hasta que pudiera establecerme. 

En Miami comencé a asistir a la sinagoga del rabino que había viajado a Pereira para enseñarnos. Sin embargo, me desconcertó escuchar que hablaban de Jesús como un "profeta judío y mesías". 

Pronto descubrí que aquel "rabino" ni siquiera era judío, sino un cristiano mesiánico. 

Comprendí que debía seguir buscando. Pero ¿dónde? 

Como ese supuesto rabino hablaba siempre con gran dureza del judaísmo ortodoxo, pensé que precisamente allí debía ser el mejor lugar para encontrar las respuestas que estaba buscando. 

Unas semanas más tarde asistí a un programa de Shabat en una sinagoga ortodoxa de Aventura, Florida. Sentí una conexión espiritual como nunca antes había experimentado. También me impresionó la autenticidad y sinceridad del rabino. Conversamos y le conté toda mi historia. Él me dijo: "Si quieres seguir viniendo, tendrás que convertirte al judaísmo". 

Sabía muy poco de lo que eso implicaba, pero tenía un profundo deseo de formar parte del pueblo judío y de cumplir los mandamientos. Así que me inscribí en un curso de conversión, me mudé al barrio donde vivía el rabino y me dediqué por completo a estudiar y practicar todos los aspectos de la vida judía. 

Después de dos años, finalmente llegó el gran día. Salí de la mikvé (baño ritual), y los miembros del Beit Din (tribunal rabínico) declararon al unísono: "Kasher, kasher, kasher". Fue una emoción imposible de describir con palabras. Sentí que mi alma por fin había regresado a casa, cerrando el círculo de un viaje que había comenzado quinientos años antes. 

Ser judía 

Abracé plenamente mi nueva vida. Durante el día trabajaba en una escuela judía y por las noches enseñaba música. Estaba muy ocupada y apenas tenía tiempo para salir con alguien. Además, mi sueño era vivir en Israel, y ya había iniciado los trámites para hacer aliá. 

Un día una amiga me dijo: "Te tomas la Torá tan en serio que creo que necesitas casarte con un rabino". 

¿Cuáles eran las probabilidades de terminar casándome con un rabino en Israel? Parecía imposible. Aun así, se lo pedí a Dios en mis rezos. 

En enero del 2021 contraje COVID y tuve que permanecer aislada en casa. Pensé que era un buen momento para publicar mi perfil en un sitio web de citas, pidiéndole a Dios que me enviara al compañero ideal. 

Pocos días después recibí un mensaje de un hombre que había trabajado con personas convertidas al judaísmo y quería desearme éxito en mi búsqueda. Su perfil despertó mi curiosidad. Lo leí y descubrí que era un rabino que vivía en Israel. No podía creerlo. 

Sin embargo, vivíamos en continentes diferentes. Ni siquiera hablábamos la misma lengua materna. Y, además, con la pandemia, las posibilidades de que surgiera una relación eran prácticamente nulas. 

A pesar de todo, se despertó mi curiosidad y comenzamos a hablar por teléfono y a intercambiar mensajes. Después de algunos meses, él viajó a Miami para celebrar Pésaj y conocerme personalmente. 

Con un cabrito en Yavniel, Israel 

Aquel Pésaj transformó mi vida. Hasta entonces, mis experiencias en el Séder habían sido comunitarias; todo transcurría tan deprisa que apenas podía seguir el desarrollo de la ceremonia. Esta vez éramos un grupo pequeño y quien más tarde sería mi esposo dirigía el Séder, explicando con calma el significado de cada paso. 

Cuando llegamos al canto final, Jad Gadiá, seguí atentamente la historia del cabrito, el gato, el perro... De repente algo me resultó familiar. "...el palo, el fuego, el agua, el toro, el matarife..." 

"¡Un momento!", exclamé. "¡Yo conozco esta canción! ¡Cuando era niña, en Colombia, la cantábamos en español!" 

¿Era posible? Precisamente en uno de mis primeros Pésaj como judía, cuando conocí al hombre que sería mi esposo, acababa de descubrir otra pista dejada por mis antepasados conversos, una nueva señal que apuntaba hacia mi herencia judía. 

Seguimos viéndonos en Estados Unidos y, dos meses después, nos casamos en una sencilla ceremonia celebrada en la sinagoga local. Esperamos unos meses hasta que reabrieron los aeropuertos y entonces volamos "a casa", a Israel. 

Nuestra boda Covid al aire libre en Avebtura, Florida. 

Hoy vivimos en Jerusalem. Cada día tengo que pellizcarme para estar segura que no estoy soñando. Estoy escribiendo y produciendo una adaptación musical y cinematográfica de la historia de mi familia conversa. Espero que este proyecto inspire a otros descendientes de conversos a investigar sus propias raíces judías. 

A veces vuelvo a pensar en el sueño que tuvo Sandra tantos años atrás. En aquel momento ninguna de las dos podía imaginar por qué dos niñas asustadas estaban frente a las hogueras de la Inquisición. Tendrían que pasar décadas para que comprendiera que aquel sueño no anunciaba una tragedia, sino el comienzo de una nueva vida. 

Como el pequeño cabrito de la Hagadá, después de siglos de vagar, por fin había regresado a casa.