jueves, 22 de septiembre de 2022

Alberto Podestá


Alejandro Washington Alé, más conocido como Alberto Podestá, nació en la Ciudad de San Juan, Argentina, el 22 de septiembre de 1924, y murió en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina, el 9 de diciembre de 2015.​ Cantante de tango.

El sitio www.todotango.com publicó esta entrevista realizada por José Damiani.

Podestá - Los recuerdos de Alberto Podestá

El encuentro fue en uno de los lugares donde se dan cita las figuras que trabajan en la noche de Buenos Aires: El Tío Felipe, allí la locuacidad de su italianísimo dueño hace más placentera la charla con una vigente figura de nuestra canción ciudadana del '40 hasta la fecha. Más de medio siglo ubicado en la cresta de la ola, donde siempre supo estar, pese a las olas y marejadas que en ese lapso sufrió nuestro tango.

Nuestro entrevistado es Alberto Podestá y lo que en muchos casos se hace en forma de charla, con el querido y locuaz Gordo se transforma en un monólogo:

«Roberto Caló, me hizo el puente para que cante en la orquesta de su hermano Miguel, en la cual estaban las más promisorias figuras de la nueva camada de nuestra música ciudadana. Pero de ellos hubo dos que destacaré, ya que con el correr del tiempo se transformarían en mis hermanos de vida: Armando Pontier y Enrique Francini.

«Las cuatro primeras obras que grabé con Miguel Caló lo hice con el nombre de Juan Carlos Morel, ya que había otros cantores con el apellido Podestá, que es el de mi madre, Caló no quiso entrar en competencia de apellidos.

«Actuaba en el cabaret Singapur, ubicado en Corrientes y Montevideo. Yo vivía en la calle Piedras casi esquina Alsina. Entre uno y otro lugar los primeros viajes los hacía en tranvía. Luego que comencé a ganar las primeras “rupias” lo hice en taxi.

«Estando en dicho lugar, una noche me trajeron una tarjeta, la misma había sido entregada al mozo por un señor apellidado Vázquez, que era el apoderado de Carlos Di Sarli. Quería que lo viera en un bar cercano al terminar mi actuación. Al principio la tuve en mis manos. Como veía qué se estaba estrujando decidí guardarla en el bolsillo. Desde que me dieron la tarjeta hasta finalizar la actuación un frío corría por mi cuerpo. Pero juro que canté como nunca. Imagínense, poder cantar con Di Sarli, antes de cumplir los 18 años. ¡Era un sueño!

«La entrevista fue normal. No lo había comentado con nadie. Ni con Armando y Enrique. Hablamos un largo rato, hasta que me hizo el ofrecimiento. Ni lo pensé y enseguida di el sí y quedamos en ir al otro día a la casa del maestro.

«Para sintetizar entre el sí a Vázquez, el encuentro y aprobación con Di Sarli, el probarme los trajes y decirle que me iba a Enrique y Armando, comentárselo a Miguel Caló recibir las reprobaciones de toda índole de éste y su hermano Armando, debutar con Di Sarli pasaron muchas cosas que en otra charla me gustaría aclarar. Pero como la pregunta era de que manera comenzaron a llegar a mi carrera los éxitos. Ya comienzo a enumerarlos, no sin antes decir que Di Sarli al preguntarme el apellido, dijo: “Pibe Alé, no. ¿Cuál es el de su madre?” Contesté: “Podestá”, y acoté que había ya varios cantores con ese apellido. A lo que escuché en las sabias sentencias de don Carlos Di Sarli: “Pibe desde hoy usted será Alberto Podestá y de todos los que cantan con ese apellido será el único que lo hará durante más tiempo”. ¡Mire si sabía Don Carlos!»

«Cuando era cantor de Di Sarli y actuábamos en el Cabaret Marabú, entre los habituales concurrentes había varios jugadores de River Plate, club del cual soy hincha. Venían seguido y me hice muy amigo de ellos: Vaghi, Ramos, Héctor Ferrari, Alfredo Di Stéfano, Labruna, Pipo Rossi, Adolfo Pedernera. Además, solía ir seguido a la cancha, el fútbol y River Plate son dos pasiones que tengo.

El monólogo de Podestá, prosigue al enumerar los éxitos que cantó con las distintas orquestas:

«Con Caló, en las distintas épocas: “Percal”, “Bajo un cielo de estrellas”; con Di Sarli, “Al compás del corazón (Late un corazón)”, “Nada”, “La capilla blanca”.

«Pedro Laurenz marcó otra etapa de mi vida artística, con ese gran hombre y excelente músico director y compositor grabé por vez primera: “Alma de bohemio”, “Garúa”, “Recién”, “Paisaje”...

«Con Francini-Pontier, “Margo”, “Qué me van a hablar de amor”, “El milagro”, el vals de Francini y Sanguinetti, “El hijo triste” que lo hice a dúo con otro gran amigo: Julio Sosa, “Calesita de mi barrio”, “La cumparsita (Si supieras)”, “Sin palabras”; con Enrique Francini: “Bailemos”, “Fueron tres años”, “Un tango para el recuerdo”. Con Armando Pontier en 1963 estrené el último gran éxito de nuestro tango: “Qué falta que me hacés”. También “Pecado”, “Es nuestra despedida”, entre muchos otros.

«Asimismo grabé en Colombia con Cristóbal Ramos, Ramón Ozán y Joaquín Mora, que lo hizo como bandoneonista y no como pianista.

«En Venezuela con Los Caballeros del Tango. En Uruguay con El Potrillo César Zagnoli. También la hice en Chile con Lucho Ibarra. Como solista en nuestro medio con Juan José Paz, Leopoldo Federico, Alberto Di Paulo, Luis Stazo, Jorge Dragone, Ernesto Rossi (Tití) y Roberto Grela y sus guitarras.

«Con Enrique Francini y Armando Pontier nos conocimos de chicos. Muchas cosas pasaron entre nosotros, muchas anécdotas hubo entre los tres. Voy a citar dos que demuestran muy a las claras la amistad que había entra nosotros. Un domingo discutieron Maderna y Caló, casi se van a las manos. De esa discusión surgieron dos orquestas, ya que Maderna decidió irse y formar la suya. Armando y Enrique tenían pensado independizarse de Miguel en diciembre o, a lo sumo, luego de los carnavales del siguiente año. Pero en vista de eso le dijeron a Miguel que ellos también se iban, que él formara la orquesta con nuevos elementos. El proceder de Caló fue diametralmente disímil ya que los felicitó y les dijo que lo que necesitaran para la nueva orquesta como plata u otra cosa, que contaran con él. Eso demostró la bondad de Enrique y Armando ya que le allanaron un problema a Caló.

«Ya libres se volcaron a formar la nueva orquesta. Un lluvioso lunes de mayo de 1945, llegaron a mi casa de la calle Concepción Arenal. Saludaron a mi vieja, el Gordo Francini le preguntó si había bizcochitos. Era para ablandar la situación. Comenzaron a hablar, lo hizo Armando con el aplomo y la mesura que lo caracterizaba. Me dijeron que habían decidido formar su orquesta y que yo iba a ser el vocalista. ¿Qué les podía decir? Nos abrazamos nos deseamos suerte y a los dos o tres días, durante un ensayo supe que la línea de bandoneones la formaban Juan Salomone, Nicolás Parasino y Ángel Domínguez. Los violines eran Mario Lalli —que luego tocó la viola—, Aquiles Aguilar y José Amatrain, Rafael del Bagno era el contrabajista y Juan José Paz el pianista. Miren si éramos amigos que yo al ir a cantar con ellos ganaba mucho dinero, pero en ese tiempo la amistad y la palabra valía más que una firma.

«Uno de los más grandes personajes que conocí en el mundo del tango fue Pedro Laurenz. Era todo un cajetilla. Se podía decir que era uno de los directores de orquesta más elegantes que había. Cuando me llamó a cantar con él, luego de arreglar, pregunté donde se hacía la ropa la orquesta, cuando me dijeron que era en Spiro y Demetrio casi me caigo, era una de las sastrerías más caras de Buenos Aires. Con Laurenz uno debía llevar toda la ropa al tono: camisas, medias, corbatas y pañuelos. Con él viví lindos momentos y con él, el público me identificó por un tema “Alma de bohemio”, que todavía hoy es mi caballito de batalla.

El destino no quiso que cantara con Troilo: «En 1947 siendo vocalista de Francini y Pontier, Troilo me vino a ver, me pidió como en todas esas situaciones silencio por «ser amigos» de los muchachos Francini y Pontier y me dijo si quería cantar en su orquesta. Se había ido Alberto Marino y tenía que suplirlo. Habló con Enrique y Armando. No les gustó, pero no me podían cortar la carrera. Ya tenía todo arreglado. Me salió un contrato de un mes con Di Sarli en Montevideo con el que cantaba Jorge Durán. Allá le pidieron a Podestá como apoyo, le comento a Pichuco y me dice: «Gordurita —así me llamaba— hágalo».

«¡Cuando volví me encontré con que el cantor era Rivero! Me quise morir. Como no me dijeron nada tampoco pregunté. Luego con el correr del tiempo, en 1955, yo estaba cantando en Chile con gran suceso. Llamaron telefónicamente a mi departamento. Era el mismo Pichuco. Me pidió que bajara a Buenos Aires, ya que se iba Raúl Berón y el cantor que había elegido era yo. En ese entonces también se separaron Francini y Pontier. Julio Sosa y Armando con distintos porcentajes eran socios y el otro cantor tenía que ser yo.

«Les conté por qué estaba en Buenos Aires. Armando me recordó lo que me había pasado, que ya tenían con Julio previstos los tangos que yo iba a cantar y los dúos que íbamos a volver a hacer. Les dije que no. ¡Pero otra vez la «mano negra»! No canté con Troilo, ni fui con mis amigos Sosa y Pontier. El gordo Francini se enteró y me llevó a su orquesta. Pero la anécdota fue que la «mano negra» hizo que yo no fuera el cantor de Troilo. Con él fuimos muy amigos toda la vida. Yo nunca le pregunté qué había ocurrido. Eso se lo llevó a la tumba creo que sólo él lo supo.»

A esta altura de la charla se para, llama a Carlitos, el hijo del Tío Felipe, y no nos deja pagar. Quedo solo en la mesa con un amigo, testigo de la charla. Nos miramos, pido dos cafés y le digo: «¿Te diste cuenta? con lo que habló y lo que vivió, ¿no se puede hacer un libro sobre la historia de la década del cuarenta? ¿Quién mejor que él lo puede contar?»

Extraído de "Cuadernos de difusión del Tango", Nº 23, dirigido y editado por Salvador Arancio.

A continuación, lo recordamos en el día de su nacimiento, con El Bazar de los Juguetes.